Primera Cita
Elisa Cerdá Doñate | Floreta de Taronger

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El largo y frío invierno se había apoderado de mí. De mi vida. Todo permanecía igual, estático, en la inalterable monotonía de sus días grises. Había impregnado hasta mis emociones, que habían tomado un tinte monocromático.



Supongo que fue por eso por lo que lo hice. Es la única razón que encuentro. La necesidad de añadir una chispa de vida, de tener una anécdota para mis futuros nietos. Reconozco que ni tan siquiera sentí una pulsión vital por hacerlo. Pero simplemente, lo hice. Sin pena. Sin gloria.



Y, de pronto, ahí estaba, mientras llovía, en un oscuro rincón del comedor, escribiendo un mensaje a una columna de citas ciegas de un periódico británico de corte formal. Ofreciéndome. Buscando un poco de emoción en esa monotonía letárgica.



Nunca pensé que fuesen a contestarme, pero a la semana, un e-mail titulado “Blind Date” llegó a mi buzón.



“Hello, cariño,



Estamos encantados de que quieras participar en nuestro programa de citas. ¿Podrías escribirme brevemente algo sobre ti para que pueda hacerme una idea? Envíame también una foto.



Que tengas un día lovely,

Jenny”



Le envié a Jenny una burda descripción de mi persona carente de alma: edad, ocupación, intereses… y una foto tomada on spot con la cámara de mi ordenador en el lúgubre salón. Jenny, ¿serás capaz de salpimentar mi vida pese a la desidia de este mail y de esta pálida cara ojerosa?



Para mi sorpresa, la respuesta no se hizo esperar. Llegó un día tan poco notable como todos los anteriores. Sentí una ligera presión en el pecho.



“Hello, cariño,



¡Me alegra comunicarte que hemos encontrado un match para ti! El día 9 de febrero te encontrarás con Helmut a las 19:30 en The KINK, Schönhauser Allee 176. Cuando llegues, sólo indícale al personal que vienes de nuestra parte. Ellos sabrán dónde sentarte.



¡Espero que disfrutéis de una velada lovely! 😉

Jenny”



Oh, Jenny, ¿serás tú, persona sin cara, firma de e-mail, verdaderamente quien me salve de este cielo gris invitándome a cenar con un desconocido? Uno de los restaurantes más trendy de la ciudad… Alguien cuyo nombre sólo indica que debió nacer en la primera mitad del siglo XX… ¿Dónde firmo?







Y, de pronto, allí estaba yo, en el restaurante, nerviosa cual niña en su primer día de clase, expectante por ver cómo se desarrollaría la velada e incrédula de que estuviese pasando. Observé curiosa el moderno local de paredes oscuras y corte industrial con tubos de neon contorsionándose en el aire. Los camareros parecían salidos de Vogue. Me miré rápidamente en un espejo; el pintamorros seguía en su sitio. Bien.



Me anuncié al personal y me sentaron en la barra, directamente bajo los neones. Helmut aun no había llegado.



Saqué una libreta y un boli de mi bolso.



Y entonces llegó.



Se sentó enfrente de mí, me miró a los ojos y susurró “Hola, soy Helmut. Siento llegar tarde”.



Abrí mi libreta y garabateé



“Hola, soy Helmut. Siento llegar tarde.

– Helmut, el tardío”.



Y ésa fue la primera cita.