Primera cita tardía
Patricia Collazo González | Lucía Anderson

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Rotúlame tu nombre en la espalda, desabróchame la soledad y deja que caiga arrugada a nuestros pies, no la pises, volveré a vestirla de madrugada cuando escueza el silencio y seamos otra vez dos desconocidos.

Pero ahora, removamos juntos esa cucharilla que sigue estando allí aunque el café se haya enfriado tantas veces, y el poso pese y ya no podamos tomar azúcar.

Deberíamos haber aprendido que la sacarina no sabe tan metálica como una cama vacía, y que el amor puede ser solo esto, o lo otro de más allá, o nada, o todo.