Primera cita y yo con estos pies
Patricia González de la calle | Patty

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En nuestra primera cita ya sabía que Jaime me sacaría todas las vergüenzas y traumas. Sí, la de mis pies probablemente también.

Recuerdo que hacía frío, que en seguida íbamos borrachos y que además de bailar y cantar a grito pelado en el Thundercat, disfrutamos de un primer reconocimiento divertido, y patoso. Esa noche dormí tres horas antes quedada de amigas del domingo, con mi grupo Las Sencillas. Somos cuatro chicas a las que cada vez nos resulta más difícil juntarnos.

Cuando me desperté ya tenía mi ibuprofeno en la mesilla y un vaso de agua fría.

Nos despedimos con un beso tímido, Jaime me deseó suerte para aguantar el día con un gesto de ligón que se despeina el pelo de manera desenfadada. Me tomé el ibuprofeno antes de salir de su casa en calle Pez y me puse a pedalear bien rápido para disfrutar de un masaje Thai en Lavapiés.

Mientras bajaba por Plaza España pensaba si Jaime se habría fijado en el desorden de dedos que tengo en cada pie. Porque esa noche iba tan borracha que ya no recordaba si me había quitado los calcetines ni cuándo lo hice.

Ese domingo hacía un solazo de los que hacen que todo Madrid salga a las terrazas a disfrutar de su Mahou. Que es lo que hicimos Las Sencillas después de recibir el mejor masaje del mundo, mientras nos daba la risa floja colectiva, ahí metidas las cuatro en una sala en la que respirar era un milagro con ese incienso potente seguro traído de la India profunda.

-Osea que ya sabe que estuviste 6 años con un tío y lo dejasteis hace 1 año, y no le ha dado miedo. Este chico me gusta Patty, y lo del ibuprofeno dice mucho. -Apuntaba Julieta mientras daba el primer trago a esa cañita bien tirada.

-A mi lo que me mola es que hoy te presentes tarde y con una sonrisa tan grande, que se nota que vuelvas a fluir con la vida. Lo que no podemos hacer es generar expectativas de si es él o no. La clave Pat es el desapego. -Anita trataba de mostrar las lecciones de muchos años de terapia que tanto me ayudan.

Mientras Marta asentía con la cabeza, porque ella es de estas amigas que sabe que a veces toca sólo escuchar y que si no tiene nada diferente que sumar no abre la boca para no gastar energía.

Con el tiempo se confirmó que de rollo pasó a algo más. Y yo me dediqué a ocultar mis piececillos siempre en algo. Y Jaime se dedicó a fingir que no los había visto en detalle, como si no se hubiera percatado que eran un canteo de feos.

Una tarde en el malecón de Zarautz, me preguntó:

– ¿Por qué no te quitas las zapatillas? Con lo que mola enterrar los pies en esta arena fina.

– Ir en zapatillas me hace sentir bien. La arena pegada está sobrevalorada, respondí.

Y seguimos mirando al infinito en silencio.