Primera intemperie
Álvaro Hernández Vallejo | reticulart

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En la ciudad de los contrastes, donde las luces de la opulencia y las sombras de la miseria trenzan sus miradas con indiferencia, yacía un joven periodista con ideales a raudales, más que en su bolsillo billetes o avales. Preparado con su libreta y su lista, su moral inquebrantable le sumió en el hurgar del lugar para descubrir la incongruencia de la rigurosa realidad de quienes la suerte había dado al traste.



La noche al raso le atrapó sin un techo que en suelo urbano cubriera su espíritu insatisfecho. Acostumbrado a la calidez de un hogar, se encontró ocupando la fría acera, un lecho de piedra en un porche cualquiera. La ironía de su situación no escapó a su mente aguda. Un cronista de la precariedad, convertido en protagonista de su propia locura.



El frío se filtraba en sus huesos como un susurro helado, y el bullicio de la ciudad se convertía en una sinfonía de indolencia como nunca hubo notado. Pero mantenía inextinguible, el fuego de la ilusión y la convicción de una misión por completar. Con cada aliento que la brisa nocturna le arrebataba, creaba alusiones a la luz en la oscuridad, encontrando indicios de esperanza en la lucha silenciosa de los olvidados.



Cuando los primeros rayos del sol rozaron su rostro, despertó no solo a otro día, sino a una nueva clarividencia. La precariedad no era sólo un relato que evidenciar, sino una realidad que transformar. Con un ánimo rematado y restos de una determinación implacable, se levantó, dispuesto a plasmar la paradoja de la vida: la dolorosa belleza de la existencia humana cuando fuera desabastecida.



Habiendo vivido la precariedad que tanto anhelaba exhibir, no sabía ni por dónde empezar a escribir. Supuso que con la inspiración del trabajo de campo pudiera incendiar las conciencias y derretir el hielo de la desidia general. Pero no había reparado en ningún plan y no supo qué plasmar en sus notas. Su lista, sin respuestas y su artículo, premonitorio de no tener repertorio, rozando el ridículo. Mucho postgrado y talleres de escritura. Demasiado ímpetu para semejante tesitura. Como perfecto profesional de manual asumió entonces el reto de documentarse de ahora en adelante.



Tan absurdo fue soportar tal incordio por un solo día como permitir que para otros sucediese así cada día. Una evidencia de que la mera presencia no resuelve la autocomplacencia. Mejor si la experiencia se utiliza para tomar distancia. Por fortuna, y tras comentarlo con sus colegas, comprendió que su historia no tenía un final definido, sino que cada día era otra página en blanco, una oportunidad para reescribir el destino, no sólo el suyo, sino el de cuantas voces él amplificaba.