PRIMERA LECCIÓN
JOSÉ CARLOS JIMÉNEZ PÉREZ | CARLOS FORWARD

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El olor a croissant recién horneado que me deposita el camarero junto a la taza de café en la tenue luz de la mañana trae a mis recuerdos aquella madrugada en la que con mucha ilusión y un poco de miedo, me presenté en la panadería a trabajar como aprendiz. Con la recomendación de mi abuelo bajo el brazo, con el peso de la responsabilidad por dejarlo en buen lugar a él que dedicó toda la vida al “mágico espíritu de la harina”, a su pasión cuando le explicaba cómo se transforman la masas con el trabajo de las manos hecho con pasión.

Me dieron la blanca vestimenta del panadero, de talla grande, “para cuando engordes”, y me pusieron a barrer el almacén mientras llegaba el camión de la harina.

Ebrio de emoción, en un ambiente cargado de los aromas que empezaban a salir del horno, y de unas estanterías al fondo donde se almacenaban las delicias que habían sobrado el día anterior y que iban a ser revividas junto a las masas de hojaldre que empezaba a preparar el maestro para ser cocidas en el horno.

Mis ojos se iban detrás de las bandejas y el olor abría en mi mente un agujero alimentando un ansia frenética por llenarlo…no podía ocultarlo y supongo que era tan evidente que todos reían sin disimulo y se burlaban…hasta que llegó el maestro y me dijo. ¿Tienes hambre?, ¿has desayunado?

Bajé la cabeza y con el gesto lo negué. Tampoco había cenado. la situación en casa no permitía más de una comida al día.

Ante mi sorpresa dijo-. “¿y a qué esperas?, come lo que quieras”. Al principio avergonzado no cogí más que un trozo de croissant un poco quemado que había en una esquina, el azúcar en mi organismo fue un acelerador de mi ansiedad y pensando que nadie me miraba llené mi boca a grandes mordiscos de todo lo que había a mi alcance, dulce y salado.

El sol inundó el almacén cuando llegó el camión y hubo que descargar los sacos de harina, azúcar, las cantaras de leche, la canela para las galletas, y esencias de las que no había oído hablar.

Era un crio, me creía fuerte y no sabía medir mi fuerza por lo que acabé exhausto. En un descuido tropecé y al caer tiré un saco de harina que se desparramó por el suelo del almacén.

El encargado me gritó, me agarró de la camiseta y poniéndome la escoba en la mano, me dijo: “lo recoges, y para que sepas lo que cuesta y aprendas, te descontaré el saco de tu paga. “

El resto se reía y burlaba. La rabia no me dejaba hablar, apreté lo dientes y me propuse que ese sería mi último desliz.

Acabé la jornada dolorido por el esfuerzo y por lo comido.

Primera lección, no hay que tener prisa para rellenar la camiseta.