PRIMERA Y ÚLTIMA VEZ
Ernesto Hidalga Erenas | Hidalga Erenas

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Llevo esquivando este momento toda mi vida y hoy, al final, ha sucedido. Porque siempre tiene que haber una primera vez. Pero esta primera vez también será la última. Y es que yo soy una persona que no entiende la necesidad de recrearse en lo trágico. Bastante escuece la herida de la existencia como para, encima, echarle sal. Ya desde bien pequeño pensaba así. Recuerdo cuando apenas contaba siete años que mis padres, muy serios, me dijeron que teníamos que ir a uno. Fue oír aquella nefasta palabra y formarse en el centro de mi pecho un vórtice oscuro y frío que se expandió hasta absorber todo mi cuerpo, dejándome helado. No había ido nunca a ninguno, claro, pero lo había visto en alguna película y me había traumatizado. Así que, tras mi breve pausa catatónica, empecé a chillar, lanzar juguetes, tirarme por el suelo y demás animaladas propias de una pataleta de mil demonios, lo que provocó que mis padres, compungidos, me dejaran con los vecinos y acudieran sin mí. Luego, siendo yo adolescente, volvió a surgir el tema y, aprovechando que tenía un poco más de dominio de la retórica, les expliqué que me había jurado a mí mismo que jamás asistiría a ninguno, porque aquello no era más que una convención social en la que, en realidad, no importaba si yo estaba presente o no. Creo que mis padres no lo acabaron de entender, pero eran lo bastante tolerantes como para aceptarlo con resignación. Tiempo después, ya de adulto, descubrí que las demás personas no aprobaban mi «extraña» manía, así que decidí adentrarme en el terreno de las excusas, a veces de lo más variopintas, para evitar mi asistencia cuando me la requerían. No siempre fue fácil, por supuesto, pero logré salir airoso en todas las ocasiones. Aparte de mis padres, la única a la que le revelé mi secreto fue mi esposa. Llegado el momento, me vi en la obligación de explicarle mi aversión. Y no solo la comprendió, sino que la apoyó y se sumó a mi causa, dejando ella misma de asistir a ninguno y convirtiéndose en mi cómplice, ayudándome a esquivar ciertos compromisos que, según la opinión popular, eran ineludibles. Ay, pobre, cómo debe sentirse viendo que, tras tantos años de resistencia, al final hemos caído asistiendo a uno. ¡Y encima por mi culpa! A mí no me ha quedado más remedio, me han traído en contra de mi voluntad, pero ella no tenía obligación. Le dije muchas veces que, en caso de que esto sucediera, no era necesario que viniera, que se ahorrara pasar el mal rato, que a mí me daba igual, que no me iba a enterar. Aunque, ahora que me encuentro aquí, he de reconocer que me hubiera sabido muy mal que ella no estuviera presente el día en el que asisto por primera y última vez a un funeral, mi propio funeral.