Primeras citas muchas; segundas… ya no tanto.
ALEXANDRA SESMERO NAVARRO | SANDRA

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Conocer a una persona se vuelve cada vez más complicado en esta sociedad líquida, tal y como apunta Bauman. Me refiero a conocer en el sentido convencional de la palabra: de conocer cuáles son sus rutinas, cómo trata a sus amigos/as, cuál es su posición política o cómo reacciona cuando se enfada.

Y ahora bien, ¿sabías que el capitalismo llega también a la forma de relacionarnos? Sí sí, algunxs autorxs lo han bautizado como “capitalismo relacional”; -resumiendo y ahorrándoos la turra- ¡Consumir cuerpos! ¡Menudo escándalo! ¡Qué falta de sensibilidad! Pero ¡Shhhhh! Que esto es lo que hacemos en las primeras citas que acaban con “final feliz” y que no vuelven a repetirse.



Esa típica primera cita en la que vas a tomarte dos inocentes cervezas y acabas bebiéndote cinco más un chupito de pacharán (al que te invita el camarero que lleva toda la noche observando cómo transcurre esa primera cita mientras te guiña un ojo cómplice)… Esa típica primera cita en la que te ves un miércoles a las dos de la mañana bastante borracha con una persona de la que no conoces cuáles son sus rutinas, cómo trata a sus amigos/as, (lo de la opinión política siempre sale en la primera cita), ni cómo reacciona cuando se enfada. Esa en la que a la tercera cerveza, la persona desconocida parece tu amigx de toda la vida; o peor aún, crees que le caería de lujo a tus padres… Ese tipo de persona desconocida que ha decidido emborracharse contigo un miércoles en el bar de al lado de su casa (“porque ponen muy buenas tapas”) y con el que ha surgido esa chispita que hace que entre tanta broma y cachondeo empieces a sacar tu parte “seductora”. Momento en el cual empieza toda una exhibición de señales parecidas a los ritos de cortejo de algunas aves exóticas, como el pavo real o el ave del paraíso. Señales que empiezan a emitirse bidireccionalmente y que son emitidas y recibidas acompañadas de una explosión de confeti interna, (pero que son bastante patéticas a ojos del camarero, que no se ha bebido ni un botellín).

El caso es que una cosa lleva a la otra y te ves en su sofá tomándote la última, cuando de repente piensas: miércoles, dos de la mañana, ¿cómo volver a casa?, mañana entro a currar a las ocho, voy a morir de resaca… Así que te sueltas el pelo y vas al grano ¡no hay tiempo que perder! Entonces empiezas a conocer cómo besa esa persona desconocida, cómo sus manos acarician tu cuerpo, cómo le gusta que se lo hagan, cuál es su postura preferida, cómo gime cuando… ¡Vaya! Otra experiencia de desenfreno, otra explosión de confeti más, otro chico guapo y majo que se lo curra (o no) dando placer, otro chico más que «ha pasado una noche maravillosa» pero que no vuelve a dar señales porque él “fluye” y «no quiere ataduras ni compromisos». Otra persona más, otra primera cita más.