PRIMERAS IMPRESIONES
IRENE DE CASTRO MEJUTO | GOMASIO

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Sábado por la tarde y tras una semana fuera, llego a mi casa. Al poco de cambiarme y disponerme al que creía mi merecido descanso, me llama mi amiga Inés para insistirme en que vaya a la cena a la que había declinado ir. Su argumento era algo endeble, aún así, acepté.

Una vez más, llegué tarde, aunque no fui la última. Par mi sorpresa, prácticamente éramos el grupo de siempre, salvo por dos caras nuevas, aunque una de ellas me resultaba familiar, un déjá vu tal vez?

Transcurrió como una noche más hasta que uno de los nuevos integrantes, Fernando, se dirigió a mí y, de pronto caí, ¡no podía ser! Era Fer, mi compañero de clase, que ahora era la mitad que en nuestra adolescencia, cuando era un grandullón algo infantil al que molestaban en los vestuarios por su sobrepeso y falta de autoestima que no hacía más que acentuar esas mofas continuas.

Explicó que en el colegio ni lo miraba, a pesar de que yo siempre habia estado en sus pensamientos.

Por un lado, me enterneció pero también dejaba ver una parte frívola de mí de la que, al parecer, no era consciente. No se trataba de su físico, simplemente que su carácter no me atraía lo más mínimo, ni tan siquiera como para recaer en él.

La noche continuó y aunque decidí no interactuar con él, tal vez por mi actitud en el pasado, se ofreció a llevarme a casa. En el trayecto, además del horrendo color de su flamante deportivo, que reflejaba más una presuntuosidad que algo exclusivo o elegante, su perfume parecía embriagarme cada vez más. Nos despedimos y me sugirió nos viéramos los dos solos para comentar vivencias de nuestra niñez. Acepté, más, sin embargo, esa invitación no se materializaría hasta meses más tarde, pues estuvo en un misterioso viaje que mis amigos me confirmaron fue con su novia, que vivía en Barcelona.

Frente a las dudas por el nuevo factor determinante de los hechos, opté por reunirnos en grupo otro sábado. La noche fue increíble, tal vez influyera el alcohol y las cachimbas al las que pronto nos estábamos habituando. Sin darme cuenta, consiguió mi absoluta atención y me confirmó que siempre se había imaginado nuestra primera cita de ese modo, en un lugar tan interesante, lo que me inquietó, pero no lo suficiente como para insistir en el hecho de que él tenía pareja. Sólo me dijo que era algo frío y distante que mantenía por caballerosidad hacia un vínculo ya inexistente.



Pasaron las semanas y, para mi sorpresa, la no novia, aparecía en escena. Me negaba sin cesar el clásico “no es lo que parece”, hasta que decidí enfrentar la situación. Su vida era puro engaño. No sólo nos enredaba a ambas, sino que también se engañaba él mismo. Aquel vaciante y corpulento chiquillo continuaba siendo el mismo, sólo que con diferente pelaje.