PRIMERAS VECES
Ignacio Alonso | Nacho

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Llevo todo el día, toda la semana y casi podríamos decir que toda una vida pensando en ti. Hemos quedado a las siete de la tarde, son todavía las tres . Qué calor hace, y eso que estamos en marzo. Ya verás tú en mayo. Aunque bueno ya decía mi padre que cuando en marzo mayea en mayo marcea. Me relaja pensar en mi padre. Y treinta y seis. Nada, que no avanza el reloj. Tampoco ayuda que lo mire cada minuto, como suplicándole un favor. Incluso el tiempo parece conspirar en mi contra. Es como si hubiese tomado la estúpida idea de no correr, de quedarse parado aquí y ahora, en esta oficina y con este calor. Necesito un cigarro. ¿Otro? me preguntará Yoli, de contabilidad. Sí, otro, pedazo de guarra, otro cigarro. Dios, qué agresiva estoy, no me reconozco. Necesito tranquilizarme. Total, esto de las primeras veces no es para tanto. Quiero decir, entiendo que cuando tenía quince o veintidós me pusiese nerviosísima y se me notase la angustia los mofletes coloraos, pero ahora, a mis años, con todo lo que tenemos detrás… y pese a ello aquí estoy, pava perdida. Pero qué bonito al mismo tiempo, ¿no? es una ilusión así, como adolescente, como un poco culpable. Culpable o no, lo cierto es que hacía ni se sabe que no me sentía tan viva. Si hasta me he puesto la colonia esa carísima que me regaló Antonio de cuando vino de la convención aquella en París. La última vez que me la puse debió de ser en la graduación del niño. En fin, me pierdo en divagaciones absurdas. Así estoy, que he debido batir todos los récord de improductividad laboral. He tenido que abrir un word en el que escribo estas líneas, así al menos disimulo ante mis compañeros y finjo que trabajo. Quizá algún día, si las cosas entre nosotros salen bien, te lo enseño. Tu te reirás pensando en lo tonta que fui con tanto numerito y tanto histerismo; yo, con una sonrisa cómplice, te miraré y te diré que sí, que qué tonta fui, pero que cómo no serlo. Me asusta la posibilidad de que los planes no salgan como los he diseñado mentalmente. Sé que la realidad nunca está a la altura de las expectativas, pero esta vez todo va a salir bien. He visto cómo te miran otras mujeres. Lo felices que parecen a tu lado. No me importa. Me he fijado, a través de la cristalera, en cómo las tratas, en la delicadeza con la que las tocas, en cómo tus dedos juegan con su pelo. He sentido envidia. Hasta hoy. Hoy soy tuya. No quiero volver a pasar por estos nervios de las primeras veces. Si la cosa funciona no me separaré de ti jamás. Pero hoy me toca convivir con la angustia de la incertidumbre. Hoy tú y yo tenemos nuestra primera cita. Ya lo sabes, a las siete en la peluquería.