190. PRINCESAS
Isabel Lobato Jimenez | Kaoche

– ¡Rapunzel, tira la melena por la almena!
El príncipe se asió con ambas manos a la trenza, y así trepando consiguió llegar a la ventana de la torre.
– Mi amor, ¿Cómo estás?
– Con una terrible migraña por todos los tirones que me has dado. No podemos seguir así, tienes que buscar otro método para subir.
– Lo encontraré querida, pero ahora canta para mí.
Dos horas después el príncipe se marchó volviendo a utilizar el mismo método para bajar, por lo que dejó a la pobre joven tan dolorida, que sin cenar siquiera, se echó en la cama con un trapo mojado sobre los ojos.
Días después volvió a visitarla.
– ¡Rapunzel, tira la melena por la almena!
– ¿Pero no habías dicho que buscarías otra manera de subir?
– Es cierto amor, pero ha sido la semana de los torneos y no tuve tiempo de encontrar una solución.
– Pues es bien sencilla, ¡construye una escalera de cuerda!
– ¡Oh, qué idea más brillante! La próxima vez la traeré sin dilación, pero ahora, ¿No me irás a dejar sin el placer de tu compañía?
– Bueno, pero que sea la última vez. Estas jaquecas me están matando.
Rapunzel puso buena cara, y permitió que el príncipe volviera a usar su trenza para subir, y horas más tarde, para bajar.
Tres días después apareció nuevamente a visitarla sin la escalera prometida.
Esta vez Rapunzel no se molestó en ocultar su enfado.
– ¿Dónde está la escalera?
– Amor, no te enojes. Hubo una gran convención en el castillo sobre los deberes y derechos del reinado. No he parado ni un minuto. ¿Sabrás perdonarme con tu dulzura y buen corazón?
Rapunzel arrojó la trenza sin mediar palabra, no estuvo especialmente comunicativa con el príncipe y cuando éste se marchó, se dedicó a lanzar bufidos furibundos y objetos contra la pared. Pasado un rato se calmó y empezó a pensar con más claridad.
– En verdad, estoy más enfadada conmigo que con él, porque siempre cedo. Bueno, quizás no pueda remediar ceder, a las princesas nos enseñan a ser siempre complacientes, pero sí puedo evitar tener la oportunidad de hacerlo.
Y levantándose de un salto, cogió unas tijeras, y en cuatro rápidos tijeretazos se dejó una melena a la altura de los hombros de lo más chic.
– Pues me queda muy bien -se dijo sonriéndose en el espejo.
Unos días más tarde escuchó las consabidas palabras:
– ¡Rapunzel, tira la melena por la almena! Esta vez tampoco pude. De verdad que yo quería, hasta compré la cuerda pero
Rapunzel se asomó a la ventana muy sonriente.
– Pero ¿Qué has hecho, mujer?
– ¿A que estoy muy mona? Y además es muy manejable. ¡No veas el peso que me he quitado de encima!
– ¿Y ahora cómo voy a subir?
– Ese es tu problema, mi amor. Así que resuélvelo. Yo aquí te espero – dijo dando media vuelta y regresando al interior de la torre.