93. PROBLEMAS CONYUGALES
José Ramón Ramos Martínez | Auroch

Con estas líneas no se trata de discriminar a nadie, sino todo lo contrario. Están dedicadas a un colectivo que no siempre ha sido reconocido ni comprendido, pero que hoy en día estamos en vías de integrarlo en la normalidad, a pesar de que aún haya quien se niegue a reconocerlo. Si tratásemos estos temas con naturalidad y una chispa de humor, todo sería diferente.

Dicho esto, nos encontramos con Don Críspulo Monforte ejerciendo profesionalmente su actividad en la consulta ginecológica que regenta desde hace más de treinta años en la ciudad de La Coruña. Desde que empezó allí su actividad, contó con la colaboración de su ayudante Juanita, esposa suya por más señas. Con la presencia de Juanita en la sala, aumentaba la confianza de las “pacientas”, como le gustaba llamarlas a Don Críspulo, al no tener que verse solas en la violenta tesitura de tener que abrirse de piernas ante un hombre. Sin embargo, él siempre se había tenido por un estricto profesional y no veía a sus “pacientas” como otra cosa que simples portadoras de órganos sexuales cuya salud debía procurar. Le daba lo mismo asomarse a los pétalos de rosa de las jovencitas que a las orejas de elefante de las más veteranas. Para él eran lo mismo.

En aquella ocasión Juanita se asomó a la sala de espera para llamar a la señora Montesinos, que esperaba junto a su esposo. Se trataba de una joven pareja de recién casados que había acudido a la consulta viniendo desde una de las aldeas más apartadas de los montes de Galicia, que afirmaba tener problemas tras la boda para consumar el acto procreatorio. Juanita la invitó a entrar mientras su marido quedaba en la sala de espera. Le indicó la manera de ponerse en posición y Don Críspulo se dispuso a realizar su examen. Cuando apartó la sábana que cubría las piernas abiertas de la señora Montesinos, se quedó unos minutos observando el panorama. Esperaba encontrarse allí la Gruta de Lourdes, pero lo que encontró fue la Torre de Hércules, con su faro brillante en lo alto y todo. Tras esto, se dirigió hacia su escritorio diciendo:
– Tranquila, señora Montesinos. Usted no tiene ningún problema.
Y poniéndose a escribir en un papel, continuó:
– El problema lo tiene su marido. Le voy a dar la dirección de un oftalmólogo muy bueno amigo mío. Todo es cuestión de paciencia y creatividad. Y de buscar otras vías alternativas, además.