PRÓLOGO
Borja Santos Robledo | Inglor

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Llevaba años encaprichado de ella.



Priscila era agradable con todos, también con él. Esa amabilidad dulce, pero sosa, como una galleta María; esa amabilidad asexual que resulta irritante, como una sentencia de muerte de la intimidad. La timidez de Álvaro tampoco ayudaba; le anquilosaba, le convertía en un inútil. Cuando estaba cerca de ella, se sentía prácticamente atrezo.



Una noche de fiesta, el grupo llegó a un bar de Malasaña. La sala olía a juergas embotelladas en formol. Desde la barra, Álvaro observaba a sus amigos bailar, decidiendo si, por fin, daba el paso y hablaba con Priscila como nunca lo había hecho.



Se aferró al valor más preciado que reservaba para momentos especiales. Aquel lo era. Se levantó de la silla, pero se chocó con alguien. Era una chica, y su copa acabó empapando la camisa de Álvaro.



-Joder -exclamó Álvaro.

-Perdona -se disculpó ella-. No sé ni lo que hago.



El plan de Álvaro había sufrido un imprevisto. No podía presentarse ante Priscila de esa forma.



-Lo siento, de verdad -dijo la chica de nuevo.

-Te diría que no pasa nada, pero me has estropeado uno de esos momentos que llevo años esperando.

-Vaya, claramente te apetece que me sienta culpable -replicó ella. Después, siguió la mirada de Álvaro-. ¿Ibas a hablar con esa chica?

-Iba, pero ya no. Me has puesto perdido.

-Quizá te he hecho un favor.



Álvaro la miró confuso. De golpe, sin saber cómo, el bar se vació. No había nadie, solo ellos dos, compartiendo ese conato de conversación que pronto les atrapó. El primer instante se amplificó hacia una nueva y placentera inmensidad, y se convirtió en uno de esos momentos que se quedan grabados, aunque floten en una abstracción con apenas unos cuantos detalles concretos.



La vida volvió de improviso. Los amigos de Álvaro ya no estaban. Los de ella, tampoco. La camisa seguía mojada, pero no importaba.



Salieron de allí y se perdieron en la noche. Caminaron sin rumbo, compartiendo y enfrascando detalles. La vida se había detenido, se había despojado de todo lo demás, y les había entregado lo mejor para perderse, sin rendir cuentas.



La mañana apareció con sus primeros resplandores naranjas y azules a través de los edificios. Seguían caminando.



-¿Vas a pedirme una cita de una vez? -preguntó ella, de pronto.

-¿Y esto de hoy qué ha sido?- respondió Álvaro, sin comprender.

-¿Sabes qué es un prólogo?

-Sí, es la parte que suelo saltarme cuando leo un libro.



Ella no pudo evitar reírse.



-Sí, eso me suena. Pero no siempre es buena idea pasar de él. A veces, realmente es el principio de todo.

-Lo tendré en cuenta.

-¿Entonces?

-Ah, sí, la “primera cita”.

-Sin comillas, por favor. Hablo en serio.

-Vale, perdón. Ah, sí, la primera cita-. Agarró el valor, el de las ocasiones especiales, esta vez de verdad-. ¿Te apetece que nos veamos un día de estos?

-Claro. Si te ha gustado el prólogo, que suele ser lo más normal, imagínate lo que nos espera cuando empecemos la historia de verdad.



Realmente, aquella chica le había hecho un favor.