1227. PRÓXIMA PARADA
María Campos Galindo | Olvido Capdevila

Ignacio decidió cambiar de vida y por eso se subió al primer autobús camino de su futuro.

El trayecto hasta Trebujena le tocó hacerlo acompañado de una mujer como las que él solo había visto en las telenovelas: un «todovolumen» con miles de kilómetros de experiencia a las espaldas que llevaba un escote que solo al mirar de pasada ya lo obligó a rezarse tres avemarías. Consideró de buena educación saludarla:

—Encantado, señorita. Como tenemos un largo viaje por delante, me presento: soy Ignacio Bengoechea. ¿Usted?

Extendió una mano que quedó viuda en el aire, a la espera de que ella se animara a estrecharla.

—Yassina, pero me bajo en la primera parada, cariño. ¿Qué se te perdió a ti por allá?

El acento caribeño de Yassina fue terciopelo en sus oídos. Ruborizado por su calidez y siguiendo una corazonada, se animó a sincerarse con aquella desconocida:

—Pues es que acaban de romperme el corazón, ¿sabe? Y he decidido irme lejos, hacer una locura. Me he dicho: «Ignacio, ¡ahora o nunca!».

Yassina reconoció en esas palabras el pie de un guion que se sabía de memoria.

—Mi amor, yo sé mucho de locuras… Pero déjate de «usted», llámame «Sina». Toma mi tarjeta.

Pese a su poco mundo, Ignacio tenía entendido que la costumbre de extender tarjetas personales ya se había pasado de moda. Le agradó descubrir que Yassina era una mujer tradicional.

—Sina… como una versión femenina de «destino». ¿Tú crees en el destino?
—Ay, yo creo en vivir los más ratos buenos posibles, pasarla rico y gozarla…
—¿Y esto de «Hago todos tus sueños realidad»? ¡No serás tú el Hada con Polillas!
—¿Campanilla?
—Esa, esa.
—Bueno, mi amor. Yo puedo ayudarte a conseguir lo que siempre quisiste y no te atreviste a pedir.

Ignacio leyó en la sonrisa de esa misteriosa brujilla que aquello no había sido una casualidad, sino que la Providencia la había puesto ahí para que su perfume de melocotón se adosara a cada poro de su piel de veinteañero.

—Puedo darte todo lo que deseaste y nunca tuviste, lo que se te ocurra.
—¿Sí? Porque aún estoy esperando a que los Reyes me traigan el Barco de Playmobil.
—¿Barco de «Plaimóbil»? Cariño, la envidia no es sana, pero si conoces a algún rey ya pásale también mi número.
—Bueno… y también quisiera encontrar a alguien que me quiera como soy. Sentirme acompañado, enfrentar el futuro agarrando la mano de esa persona que consigue completarte, no sé si me entiendes…

Esta petición descolocó a Sina y la obligó a salirse de su papel tan estudiado.

—Pues claro que te entiendo, Ignacio. Al final todos buscamos eso, que nos quieran…
—Puede que esta sea una de esas locuras a las que estás acostumbrada, pero para mí es nuevo y estoy notando algo entre nosotros. ¿Tú también lo has sentido?

Sina estaba perdida en sus pensamientos cuando el conductor anunció la siguiente parada. Se revolvió en su asiento y por primera vez en mucho tiempo se sintió insegura en su cuerpo.

—¿Yassina?

Cuando el autobús retomó la marcha, su olor a melocotón seguía flotando en el aire.