1079. PSICOANÁLISIS DE BARRA
Ana Sanisidro Lojo | Camarerx enfurecidx

“Si las barras hablasen…” ¿quién no ha pensado para sus adentros esta posibilidad después de una intensa noche de fiesta (de esas pre-pandemia o incluso pre-pre-pandemia)? Pues bien este relato está inspirado en esa maravillosa época en la que me he dedicado a la hostelería, aguantando que el encargado pida que suba una marcha en un puesto en el que antes había el doble de personal y se recaudaba menos y que al día siguiente duela la cara de forzar esa sonrisa, por lo que si a alguien le suena este relato: si, seguramente seas tú.

Después de diez años trabajando en pubs y discotecas acabas desarrollando superpoderes como leer los labios, adivinar quien se echa el pedo e incluso responder lo que la gente quiere escuchar; y si no se acierta, la solución será el infalible chupito que todo lo arregla (sin olvidar la sonrisa, que luego te bloquean en redes sociales y esas cosas).

El tema pedo, si muy recurrente para hacer reír pero este no es el caso, se llegó a volver incógnita con dos señores que ante el mal olor gozaban de holgura espacial en la hora punta a su alrededor; haciendo que todos especulasen con quien era el mártir y quien el verdugo. Hay que ser muy buen amigo para tolerar los gases contenidos, muy gentil y generosamente, de toda la semana para depositarlos en un local sin ventilación natural y lleno de gente cual, por desgracia, granja de pollos intensiva.

Hasta que un día una señora decidió, en modo terrorista, probar su gas lacrimógeno en el interior del local haciendo que se tuviese que evacuar todo menos la famosa barra en la que se habían hecho recortes de personal y que quedaba al fondo de todo, a donde se iban a descargar los gases al lado de los altavoces y también a donde se daba rienda suelta a la olvidada faceta de morrear (cambiada en la actualidad por MATCHS o algo así). Por eso mismo la cabina de DJ y la última barra no se podían ir del local hasta que esa pareja declinase el acto para salir al exterior a salvarse de una intoxicación y picorcillo de ojos durante dos días. ¿Cuál fue la sorpresa? El morreador hombre era ese “supuesto buen amigo” que aguantaba el tipo ante las flatulencias ajenas, al cual no quedó más remedio que invitarlo a salir; mas antes, nos vimos en la obligación de preguntar si tenía algún tipo de problema con el olfato a lo que con enfado respondió: ¿cuándo me como los pedos de mi amigo para que no se me derrita el hielo de la copa huyendo no os molesta mi aguante, y un día de conquista me venís con estas?

Quedando claro que los vicios y el amor se pueden volver los peores enemigos del hombre, o por lo menos la conjuntivitis que le regaló la conquista durante dos semanas.
Fin.