1162. PUEBLO CHICO, INFIERNO MEDIANO
Sergio Daniel Gaut vel Hartman | VONNEDICK

Tras asesinar a su esposo, el verdulero Victiminio Delbalazo, la ponzoñosa Varicela Propagada se entregó a la justicia apersonándose al comisario del pueblo, Relativo Justiciero.
—Lo maté porque era mío —dijo la cruel asesina parafraseando el título de una famosa película francesa—. Y el universo conspiró para que el disparo llegara a destino. —No fue un comentario menor, teniendo en cuenta que Varicela padecía de una retinopatía severa, la amaurosis congénita de Leber, lo que en buen romance significa que no veía un carajo.
—¿Y cuál fue el móvil del crimen, si se puede saber? —dijo Justiciero.
—Victiminio me engañaba con mi imagen reflejada en el espejo —aseveró Varicela—. Y como todo el mundo en este pueblo sabe, yo a esa no la puedo ver.
—Es motivo suficiente; está disculpada, exculpada y sobreseída —dijo Justiciero, que además de comisario era juez. Los pueblos chicos tienen esas cosas—. Y perdonada —agregó, porque también era el cura del pueblo, ya que nadie se había querido hacer cargo del cargo desde hacía por lo menos medio siglo—. Vaya a su casa nomás y tómese un comprimido de Hidrocodona cada seis horas, así no me sufre la pérdida de su amado marido y me empieza a elaborar el duelo, que bien se lo merece —concluyó, porque al mismo tiempo que todo lo demás era el único médico de Ornitorrinco Muerto.
—Gracias, Relativo. —Varicela se disponía a retirarse la comisaría-juzgado-iglesia-sanatorio cuando un inesperado pensamiento la detuvo en seco—. ¿Puedo preparar un buen guiso con el cuerpo del Victiminio? Sería un desperdicio y deploraría darle de comer al tanatorio de Lázaro Hincepulto.
—Siempre que me invite a disfrutar del guiso —respondió sonriendo Justiciero, que antes que todo lo expuesto era un gurmet de puta madre—, claro que sí. —Y le guiñó un ojo a la asesina absuelta, pero ella, claro, no lo vio.