630. ¡PUF!
Alfredo Elias Mondeja | '-

La vi por primera vez en primavera. Sentada en un banco ojeando una revista. No prestaba atención a la lectura, pasaba las páginas distraída. El pelo caído ocultaba sus facciones. Caminé observándola, esperando que alzara la cabeza.
Distraídamente, cruzó las piernas. El abrigo cayó abriéndose hacia los lados como un telón que deseara mostrar una obra de arte: una minifalda ocultaba parcialmente las torneadas piernas. Quedé inmóvil, azorado, convertido en estatua de sal. Ella se percató, alzó el rostro, sonrió. Estaba ante la más hermosa criatura, ante algo sublime… nadie podría sustituirla, era la razón para vivir.
Me alejé caminando como un robot, inconsciente. Ella me observó, consciente de sus actos, sabedora del mal causado, responsable de la destrucción de un hombre.
Volví al parque: no estaba. En el suelo la revista, la tomé: aún mantenía aquel perfume que, para siempre, iba a recordar.
Dormí abrazado a la revista.
Regresé las tardes siguientes… nada.
Un mes después reapareció. Quedé inmóvil; ella alzó el rostro, conocedora de mí presencia, sabedora de mí regreso, segura de él. Sonrió, su mirada señaló el espacio junto a ella, obedecí y caí sentado sin voluntad. Así permanecí hasta que la noche devoró al día. Se puso en pie, me ordeno seguirla, sin palabras, con una sonrisa.
Caminaba pegado a ella como una sombra vertical y paralela.
Se detuvo frente a un portal.
—Adiós. —dijo.
…Mi vida ya no importaba. Todo lo había perdido: trabajo, familia…
Pasaron tres meses de idas y venidas, hasta que apareció y se repitió la situación vivida: volví a ser su sombra y nuevamente, en la puerta, un “adiós” me devolvió al mundo de los mortales.
Transcurrió el verano y el invierno.
La vi en primavera; me sobresalte avergonzado por mi aspecto: no pareció importarle. Intenté ocultar la suciedad, crucé los brazos. Su mano tomó las mías: sus dedos cálidos las acariciaron. Sonrió. Volví a la vida.
Pasó la tarde y la seguí hasta su casa.
—Te espero mañana por la tarde, aquí. —dijo.
Era un milagro. ¡Estaba citándome!
No dormí; la imaginé: delicada, dulce, sublime, casi intangible; de perfume embriagador; de besar profundo; de divina pasión; como el primer pecado: digno de ser expulsado de cualquier paraíso…
Llamé a su puerta, la abrió, sonreía; vi su cuerpo de divinidad pagana; vestía un chal que la cubría sin patrón, mostrando, al caminar, sus prendas intimas.
Esencias exóticas, música y luz tenue llegaron hasta mí.
…Ella dormía. Yacía junto a un ángel de divina sensualidad, de perturbadores gemidos, de perfumes sublimes…
—¡Pufhhh!
—“¿Qué es eso?”. Me pregunté.
—¡Puuufffhhh! —de nuevo el sonido y junto a él: un terrible hedor ascendía hasta mí.
—“¡Es ella! Se ha tirado un pedo…. ¡Y que pedo!…
—¡Puuuuuffffhhhh!
— “¡Aaaagh!”
Salte de la cama. Resultaba insoportable aquel terrible hedor. Me vestí tambaleando, casi anestesiado por el olor. Los sonidos se repetían incansables, el olor apagaba el incienso… y la pasión
Nunca volví al parque.
Trabajo; soy otro, dicen.
Algunos se apartan, como si oliera…