1521. PUFFO
Carlos Fernández Díaz | CHASLES

Cuando mi familia se enteró de que quería ser payaso no pudieron dejar de reír durante días. Exactamente los mismos que tardaron en darse cuenta de que iba en serio.
Descubrí esta pasión al perder a mi primer paciente en el quirófano. Llegó a la sala de operaciones sin desmaquillar. La palidez de su piel, con tanta pintura alrededor de los ojos y esa mueca de dolor que le deformaba el rostro de una manera ridícula, provocaron mis carcajadas. Por suerte el paciente estaba ya recibiendo una dosis de Propofol suficiente para no percatarse del incontrolable ataque de risa que estaba sufriendo en ese momento.
Era el payaso del hospital: Puffo. Iba, sobre todo, a las secciones de oncología pediátrica, aunque yo siempre lo había visto vestido de calle y con una botella de vodka en la mano a la salida del Hospital. Había apuestas de cuanto tardaría Puffo en acudir como paciente y en qué servicio lo haría. Mi apuesta siempre fue que acabaría en digestivo y por hepatopatía alcohólica. Sin embargo, una perforación intestinal me hizo perder cincuenta euros.
La operación se complicó más de la cuenta, tanto que el pobre payaso nunca pudo llegar a realizar su función. Fue un duro golpe, pero más difícil fue comunicárselo a su mujer.
Hemos ensayado mil veces cómo dar este tipo de noticias, pero no sabemos nunca como reaccionaremos hasta que nos toca. Una vez delante de su mujer, todo iba bien: le había explicado el problema que teníamos de base con un hígado que funcionaba mal, que había complicado toda la operación; que, junto con una infección secundaria a la perforación intestinal, bla, bla… me interrumpí. Justo en ese momento vi que metía unos zapatos enormes y una nariz de payaso en una bolsa. La imagen de Puffo uniformado se me vino a la cabeza y una vez más la risa descontrolada. Intenté parar sin éxito. Al menos, fui consciente de lo inapropiado de la situación y traté de explicarle, a modo de halago, lo buen payaso que era: hasta muerto conseguía hacerme reír. Al desconcierto inicial, tuve que sumar la poca comprensión de la mujer a mi particular y personal homenaje a su marido.
Y, sin embargo, la epifanía fue total: en los peores un momento un buen payaso puede arrancarte una sonrisa salvadora.
Durante las siguientes semanas mi aspecto fue evolucionando. Empecé de forma disimulada, con algo de sombra de ojos y unos zapatos de un par de tallas mayores. Después añadí complementos menos sutiles, como el silbato que usaba para los momentos tristes y una bocina para acallar a los críticos.
Al fin liberado, puedo asumir mejor este mundo y el otro: trabajo en la sección de oncología y hago actuaciones especiales en funerales. A partir de ahora espero que todos me reconozcáis como Puffo, el salvador.