1568. PUNCH LINE
Raúl Clavero Blázquez | Cicely

Jacinto Garcés decidió ser el mejor cómico vivo en todo el planeta al entrar en la adolescencia, cuando se dio cuenta de que carecía por completo de sentido del humor. Cualquiera habría abandonado pronto un propósito como aquel, de rebeldía tan cuestionable, y en principio tan improductivo, pero Jacinto Garcés, además de serio, era indesmayablemente tozudo, por lo que probó suerte en salas de fiestas, y en discotecas, y en teatros de provincias, y en cenas de empresa, probó durante años y años y años hasta que, al fin, le llegó la gran oportunidad, su primer show en televisión, en horario de máxima audiencia.

Ensayó durante semanas un texto escrupulosamente nuevo, frente al espejo, sin dejarse contaminar por las opiniones ajenas, al fin y al cabo, en su familia nunca lo habían apoyado, y sus compañeros de profesión siempre lo criticaban, por mediocre, por antiguo y, sobre todo, por apropiarse de material ajeno. Y es que Jacinto Garcés, además de serio y tozudo, era un ladrón, que ignoraba la gravedad del plagio. Jacinto Garcés jamás escribió una línea de la que fuera autor, su método de trabajo consistía en ir probando ante el público chistes que sacaba de Internet. Si la gente reía, el chiste se quedaba en el monólogo, si no lo hacía, lo borraba, así de sencillo. Aquella actuación frente a millones de espectadores iba a ser, por tanto, un salto al vacío, sin embargo no le importaba demasiado porque Jacinto Garcés, además de serio, tozudo y ladrón, era un absoluto inconsciente. De tal modo entró sonriendo en el escenario, tranquilo, con la firmeza de quien se ha enfrentado cientos de veces a los focos y enseguida supo que iba a triunfar. Tardó unos pocos segundos en escuchar una estruendosa carcajada.

Lo extraño vino a continuación.

Porque cuando Jacinto Garcés se disponía a proseguir con su texto notó que la risa se mantenía en los espectadores, y que crecía y crecía, como el hongo de una bomba nuclear. Aguardó pacientemente. Un par de minutos. Diez. Veinte. A la media hora un hombre gordo, con el rostro empapado en sudor y lágrimas, se puso en pie y alzó los brazos. Jacinto Garcés pensó que iba a aplaudir, pero el hombre se llevó las manos al vientre, después al cuello y, finalmente, se desplomó, asfixiado, sobre la moqueta del graderío. Nadie gritó, nadie pudo hacerlo. En cuestión de segundos, todos cuantos estaban en el plató murieron de risa, y en apenas unos días el contagio se había extendido sin freno posible, cubriendo de cadáveres los cinco continentes. Ya en su casa, Jacinto Garcés volvió a leer la frase que lo había desencadenado todo: “…no, pero me gustaría verlas”. Seguía sin verle la gracia. En cualquier caso, lo que estaba claro es que Jacinto Garcés, además de serio, tozudo, ladrón e inconsciente era, ahora sí, el mejor cómico vivo en todo el planeta.