1215. PURO TEATRO
Tomás Alegre Maicas | Tomás A. Maicas

Hasta hoy, mi vida fue una comedia. Puro teatro. Nadie diagnosticó mi dolencia, si es que había dolencia o diagnóstico. No recuerdo mi infancia, solo que tenía las cosas claras: pedía con lágrimas, suplicaba con berrinches; era el rey y mandaba, y, cuando no mandaba, gritaba. Durante treinta años me amolde a una rutina que, por no cambiar o por desgana, se mantuvo hasta hace poco: el afortunado día que encontré la solución.
Con más o menos importancia, la indecisión afectó a todas mis vidas. En la personal consiguió meterme en el paquete de los solitarios, y en la profesional me buscó un acomodo en el que echar una siesta perpetúa hasta la jubilación, pasé a trabajar como funcionario de la Administración.
Hasta el momento culminante hubo muchas situaciones de «sí, pero no», de «pensar y luego hacer o no hacer», de «agradará o no agradará mi comportamiento», y las más materialistas encuadradas en dos axiomas fundamentales: «lo compro o no lo compro» y «me queda bien o no me queda bien». Así pasé treinta años, desde el uso de razón hasta la toma automática de decisiones, que desarrollé a través de la música.
Mi vida se complicó y me llevó al éxtasis de la paranoia el día en que me quedé sin comer. Reservamos en un restaurante moderno, de comidas exquisitas y buen vino. Sentados a la mesa nos informaron: «Hoy no tenemos menú.» Cuando el camarero repartió la carta con las delicatesen y miré la lista, entré en colapso. Un duro golpe para mí, que me costaba horrores elegir uno entre los cinco primeros platos, incluso entre tres, y los cinco segundos, aunque fueran solo tres. Todo me apetecía y nada me gustaba; así que opté por el camino del medio: me quedé sin comer.
—No tengo hambre —dije, para esconder mis dudas.
En aquel momento decidí, por fin, poner remedio drástico a mi problema. Mientras todos se hartaban de sabores y se «enmoñaban» con tintos y blancos, yo escuchaba la música.
No podía controlar más el teatro en lo personal, ni la puta comedia laboral y fue cuando hundido, desde el fondo del pozo me llegó aquel sonido ochentero y me di cuenta de que «Así me gusta(ría) a mí»; elegir de forma aleatoria, sin pensar, más actuar y menos cavilar; error o acierto me fueron ya indiferentes, acumulaba mucho tiempo perdido para rectificar. Y apliqué la letra a mi nueva manera de elegir sin grises:
«Exta sí, exta no; exta sí, exta no. Esta me gusta, me la como yo.»
Ahí, en esa canción, encontré la solución definitiva a la indecisión en mi vida personal y profesional.
Y cuando alguien no lo entiende, remato:
«Chiqui tan, chiquiti tan-tan-tan / Que tumban-ban, que tumban / Que tepe-tepe / Tan pan-pan, que tumban, que pin.»
Agárralo o déjalo pasar; es tú decisión.
Algunos me llaman loco. ¿Debería importarme? Puede que sí o puede que no; pero, en qué me afecta a mí su opinión.