590. PUTACABRA6
ANTONIO JOSÉ PÉREZ ROMERA | CARACOL J ROMERA

PUTACABRA6
Poca gente puede presumir de las vistas que se aprecian desde mi ventana infinita. Antes ocupaba una habitación sin vistas, un dormitorio al estilo de Virginia Wolf pero sin vistas. Vivía en un espacio reducido en una casa ajena que alojaba a otras cuatro personas. Aunque compartía techo con ellas, hacía todo lo posible por no verlas y que no me vieran. Coincidir con alguien era un suplicio que trataba de evitar a toda costa. Por eso dejé de guisar y me alimentaba solo de fruta, queso y galletas. Y cada vez que las circunstancias me obligaban a salir, vigilaba el pasillo con la puerta entreabierta para asegurarme de que no hubiera nadie cerca. En verdad, la vida era un coñazo, tuve que eliminar mis hábitos higiénicos y digestivos y hacer caca a cualquier hora. Sabía que me espiaban con los oídos en las paredes, pero mis movimientos eran sumamente sigilosos. Yo en cambio sí les escuchaba a ellos y conocía a la perfección sus costumbres domésticas. Abdul era un gandul, siempre que le tocaba a él la limpieza de las zonas comunes, había bronca. Yuri solía almorzar en el salón y era preciso pasar por ese espacio para ir al baño o a la cocina, o a los dos sitios, primero al baño para lavarse las manos y luego a la cocina, como Dios manda, y por consiguiente había que cruzarse con él zampando dos veces seguidas. Lo único que le faltaba a mi dormitorio era el baño y sabía que no podían entrarme ganas de mear de dos a seis de la tarde, porque ese era el tiempo que Yuri empleaba en almorzar viendo documentales de La 2. Andrés cocinaba de doce a una y luego se encerraba en su cuarto con el papeo hasta la noche. Y José Luis era gilipollas. Dormía siestas maratonianas y acto seguido se quejaba de insomnio el resto del día. Y ninguno de ellos paraba de hacer ruido en sus respectivas actividades, ni siquiera durmiendo: roncaban como José Luis o maldecían como Yuri, que también pateaba la cama algunas noches. Yo sé que hablaban de mí en las reuniones de piso a las que yo no acudía, y que me buscaban defectos sin darse cuenta de los propios. Todo el tiempo ahí, ahí, esperando cualquier movimiento mío para anotarlo en una libreta. Ni siquiera me atrevía a dormir por si hablaba en sueños. Así que no me pareció raro que las primeras voces me hablaran de puertas y ventanas, ni que pronto empezaran a mencionar temas como el de la sierra eléctrica y los martillos. Me apetecía matar a alguien y al mismo tiempo no encontraba ningún motivo que lo justificara, pero el deseo estaba ahí y no paraba de imaginar delitos de sangre. La casa estaría desocupada durante un montón de tiempo y yo gozaría de plena impunidad, porque no dejaría pruebas. La policía me preguntaría, por qué todos han desaparecido menos usted, y yo respondería, zarshicha.