1435. ¡QUÉ CAGADA!
Aitana Abal | Ascaysa

Era mi primer día en el nuevo trabajo, había chequeado 4 veces el tráfico estimado para ese día, comprobado las distancias y el camino más rápido, llevaba pocos días de carnet así que decidí levantarme a las 6 de la mañana. Lo tenía todo planeado. Me maquillaría, me pondría mi vestido de la suerte, nada podía fallar.
Camino al trabajo me iba tranquilizando a mi misma repitiendo: “no vas a tener ningún accidente de tráfico, son las 6:30 de la mañana a esta hora no hay borrachos en las carreteras, quién bebe tan temprano un lunes? Solo los homeless y los homeless no tienen para una casa, mucho menos para un coche, tranquilízate”. Todo parecía ir como la seda cuando ¡boom! un pinchazo. “Nononono, por favor no”. Orillé el coche y saqué todos los papeles de la guantera. Llamé al seguro, me dijeron que tardarían un poco, empecé a llorar, el rimmel empezó a correrse por mis mejillas. Ya es mala suerte.
Una hora después llegó la grúa, se llevaron mi coche y a mi me llevaron en taxi al trabajo. Estaba tan nerviosa, no dejaba de temblar, comencé a tener dolores de barriga, cada vez más intensos. Saqué un espejo de mi bolso y torpemente trataba de borrar el rimmel de mi cara. No lo conseguí. Era un mapache. Las 8:50. Salté del taxi y por fin llegué al edificio. Corrí en busca de los baños, pero cuanto más cerca estaba, mayores eran los retortijones, cada vez más intensos e insoportables hasta que al cruzar la puerta de los servicios, no pude soportarlo más y me cagué encima. Mis bragas parecían un pañal. Me las saqué y al hacerlo manché el suelo del baño. Las envolví en papel y las tiré a la basura. Me limpié como pude y después traté de limpiar el suelo. Vale ya está. Lo peor ya ha pasado, voy en vestido y sin bragas.
Me presentaron a todos, y cuando todo parecía ir mejor, me indicaron que tenía que hacerme el reconocimiento médico.
Tierra trágame.
Al llegar a la enfermería me pidieron que me desvistiera de cintura para arriba. LLEVABA UN PUTO VESTIDO. Intenté sacar los brazos por el cuello del vestido. No había forma. Presioné y presioné hasta que ¡crack! la tela cedió, rompí el vestido y conseguí que no pensaran que acababan de contratar a una persona que va por ahí con el rimmel cual mapache, sin bragas y en vestido.
Igual creéis que esta es la mayor prueba de que los vestidos de la suerte no existen, sin embargo yo seguiré teniendo esa prenda en un altar por salvarme de semejante mal trago.