256. ¿QUÉ DEBERÍA HABER USADO?
Esther Domínguez Soto | Fátima Robinson

El juez se inclinó sobre el estrado, estiró las puñetas hasta dejarlas bien lisitas – siempre se le arrugaban las muy puñeteras, valga la redundancia – e hizo la pregunta que le había estado rondando – como un moscón molesto – durante todas las sesiones del juicio. Había un punto que tenía que aclarar antes de emitir el fallo.
-Ya sabemos que ha matado usted al señor Peláez. Sus motivos han quedado claros a lo largo de la vista. -El juez carraspeó ligeramente y siguió hablando. La acusada lo miraba con atención. Sus ojos azules eran inocentes, bondadosos y carecían de ese brillo maligno, frío o calculador, a veces apenas entrevisto, con el que todos los escritores de novela negra adornan a los criminales más crueles y contumaces. -Pero hay algo que me gustaría preguntarle. ¿Por qué recurrió usted al raticida? Es un veneno potente, devastador, que acaba con la víctima entre horribles dolores. ¿Por qué no le dio usted una dosis de algo que podría haberlo matado de forma más, podríamos decir, indolora, rápida y caritativa?
El juez, acodado en la mesa, se ajustó las gafas – siempre resbalando nariz abajo -, se atusó el bigote y apoyó la barbilla en las manos, esperando la respuesta. La gente que abarrotaba la sala compartía la curiosidad de Su Señoría. La acusada habló con calma y en su tono se reflejaba la sorpresa ante una pregunta tan inesperada. Había testificado sin pretender ocultar los hechos; no se había negado a responder a ninguna de las innumerables preguntas que, tanto la acusación como la defensa, le habían formulado. Todo lo contrario, lo hizo con claridad y precisión; no había implicado ni a compañeros, familiares o amigos. Ella era la única responsable y creía que sus motivos para el asesinato habían quedado claros. Pero, era evidente que, para aquel señor con toga negra y cara de bolla de pan de pueblo con mostacho, la cosa no era tan evidente como para ella. Suspiró y miró al juez. Parecía querer pedir disculpas por no haber sido lo suficientemente explícita.
-Usé raticida porque el difunto era y se portaba como una rata – y perdone usted la comparación. ¿Qué debería haber usado que fuera más adecuado para matar a alguien como él?
El juez tuvo que entregarse a fondo con el mazo para cortar la juerga que se montó en su tribunal. «No debí haber hecho una pregunta que llamaba a gritos una respuesta tan evidente» se auto amonestó Su Señoría quien, para disimular, volvió a estirar las puñeteras puñetas, arrugadas una vez más.