289. ¿QUÉ HAY DE COMER?
Sonia Dougherty | Sonia Dougherty

Por aquel entonces yo tenía el móvil por excelencia de la época, el que hubiera soportado una bomba nuclear. Siempre dicen que, en ese caso, quedarían las cucarachas. Bueno, pues seguramente con ellas aparecerían los Nokia 3310. Nunca traté de lanzarlo por la ventana para ver si sobrevivía, no por miedo a que se rompiera, sino por lo que pudiera romper por el camino.
Mamá nunca me quiso regalar un móvil. Era de las fieles creyentes de que mi infancia, adolescencia y mi cerebro se irían juntos de la mano a hacer puñetas si me hacía con uno.
Sin embargo, mi tío, a quien prácticamente no veía porque vivía en Menorca, un verano creo que quiso compensarme por todo el tiempo que no habíamos pasado juntos, y, entre muchas otras cosas, ese fue mi regalo: un Nokia 3310. Automáticamente se había convertido en el tío molón que se saltaba las reglas de mi casa y contradecía las órdenes de mamá saliendo glorioso. Y eso, era todo un poder.
Mi madre siempre supo ganar una discusión durante la etapa en la que todos estamos más rebeldes: la adolescencia. A esa edad, es como atravesar un portal en el que te van dando un sinfín de nuevos elementos que no sabes cómo controlar: la menstruación, el bello, la revolución de hormonas, y pareciese que también te salen 4 patas y una cola de caballo. De repente nos transformamos en unas fieras salvajes a quien, jinete que intenta domarnos, jinete que saldrá volando hasta el suelo.
Mi madre, más que una jinete, se sacó el título de domadora de leones. Y es que, con su fusta de frases unidireccionales, conseguía que las fieras no tuvieran otra opción más que sentarse resignadas. Después de un “porque tú lo digas” iba un “cuando seas madre harás lo que quieras, de momento la madre soy yo”. ¿Quién iba a negarle esa verdad absoluta? Desde luego, ni mi hermana ni yo íbamos a ser las elegidas porque la batalla estaba perdida.
Siempre me había gustado la poesía, porque me resultaba divertido que cada frase pidiera otra como respuesta. A mi madre parecía que también le gustaba la poesía. Frase que decía, respuesta que le acontecía: “No me apetece” iba seguido de un “A mí tampoco me apetece fregar”, y era un camino oscuro por el que no querías continuar. “Es que a todos los demás les dejan ir” automáticamente activaba un “me da lo mismo, tú no eres todos los demás”. También estaba la frustrante: “¡¡No es justo!!” continuado de un “mira, cuando te calmes hablamos” y la que nunca comprendí: “¿Qué vamos a comer?”, “comida”. Por eso siempre perderemos la batalla contra una madre, porque la lógica tras sus palabras es demoledoramente perfecta.