808. ¡QUE ME MARCHO!
CARLOS FÉLIX JIMÉNEZ LACIMA | Franfer

A medida que se acercaba la fecha del viaje, la Conchi —mi madre— iba poniéndose más nerviosa. Yo tenía ya cuarenta años —era talludito—, pero la tía no las tenía todas consigo en cuanto a que pudiera valerme por mí mismo durante el tiempo que ella estaría fuera. Así que su primera decisión —dada la amenaza de cierto desabastecimiento que se preveía que ocurriera— fue avituallarme de aceite de girasol a porrillo, proveerme de papel higiénico kilométrico y llenar el depósito de gasolina de un vehículo que no podía conducir.

—Mamá, te he dicho cientos de veces que no tengo el permiso tipo B.

—Hijo, si ocurre lo que todos nos tememos, el apocalipsis, ¿a quién se le va a ocurrir pararte porque no tienes el carné? Más bien, hazte también con un arma, que nunca se sabe.

La Conchi no era especialmente violenta; estaba en contra de la Asociación Nacional del Rifle. Sin embargo, era bastante pragmática en cuanto a cómo enfrentar una situación de supervivencia. Yo me confiaría a ella si todo se fuera al garete: haría desembuchar a un perfecto desconocido sobre la localización de los víveres, luego lo drogaría para que no se acordara de nosotros y, finalmente, me daría una patada en el culo por sentir lástima por alguien que —probablemente— nos habría atacado de no obrar con cautela.

—Tienes la despensa llena. La nevera también. ¿Sabrás poner la lavadora?

—Conchi, que he llegado a vivir fuera y me lo hacía todo.

—Esta lavadora no sabes utilizarla; ven que te enseñe…

Primero, me sometió a un tutorial de dos horas sobre la importancia de distinguir entre detergente y suavizante. Más tarde, me hizo recoger toda la ropa sucia del cesto para —a continuación— dividirla entre blanca y de color.

—Como mezcles la ropa en algún programa, te arreo.

Y, finalmente, me indicó qué botones tenía que pulsar para activar la máquina. Sosteniendo que lo mejor era que aprendiera de memoria los dos programas correspondientes según las prendas en lugar de —simplemente— explicarme las consecuencias de aplicar demasiada temperatura o tiempo a un lavado.

Llegado el día, se derrumbó, entre lágrimas. Yo sentí algo de pena también e intenté darle un abrazo, pero casi me suelta una patada para recriminarme la muestra de cariño.

—Hijo, tienes que ser fuerte. Debes aprender a vivir sin mí.

—Mamá, solo pretendía ser cariñoso contigo… —respondí algo desorientado.

Se echó a reír la tía. Podía pasar del drama al más puro wéstern en cuestión de segundos, cuando, en realidad, se trataba de una comedia —con final feliz— donde la echaría mucho de menos. No porque no fuera capaz de enfrentar aquella semana sin su presencia, sino porque su presencia era lo que me hacía capaz de enfrentar una vida en ocasiones absurda.