725. ¿QUÉ ME PASA, DOCTOR?
Ramon Cabrera Acero | Ray

Esa noche, al verse desnudo en el espejo del baño, Francisco notó que su cuerpo había palidecido.
-Es por falta de sol, Paco -le dijo su mujer mientras se lavaba los dientes.
Francisco se fue a la cama un poco intranquilo, pero tras sus ejercicios de meditación guiada, consiguió quedarse dormido.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue mirarse de nuevo en el espejo. Su palidez había aumentado ligeramente hasta el punto de que algunas venillas azules asomaban tímidamente por sus brazos y sus piernas.
-Creo que voy a ir al médico –se dijo Francisco, asustado-. Esto no es ni medio normal.
Llamó a la mutua de salud y consiguió que le dieran cita para esa misma mañana. Llamó también al trabajo y dijo que se sentía indispuesto. Pensó que podía ser un nuevo virus, o que había atravesado una nube radioactiva de esas que están en el aire desde el accidente de Chernobil… Imaginó lo peor que se puede imaginar en estos casos hasta que, tras un breve chequeo, el doctor Azpiricueta lo sacó de sus dudas.
-Su caso no es una novedad dentro de la ciencia médica. Muy al contrario, cada día veo más pacientes como usted, que empiezan a volverse invisibles de un día para otro.
-¿Invisible?
-Así es -dijo el doctor-. ¿Cuántos años tiene?
-Cincuenta.
-Me lo temía… Es el principio -continuó el doctor Azpiricueta-. A partir de este momento, ya no hay marcha atrás.
Lejos de asustarse y de echarse a llorar, Francisco trató de tomarse la cosa con la mayor naturalidad posible.
-¿Se puede revertir de alguna manera?
-Imposible. Su cuerpo no es capaz de captar más fotones -le dijo el doctor.
De regreso a su casa, Francisco se acordó del trabajo. Era empleado de un banco, en la sección de hipotecas ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Lo despedirían?… Aunque, bien pensado, el hecho de volverse invisible no le impediría hacer bien sus tareas.
Creyó conveniente no decirle nada su esposa. Esperaba que ella, a fuerza de verlo todos los días, no se percatase de los cambios.
Al cabo de un año, Francisco volvió a ver al doctor Azpiricueta. Apenas se le veía, de lo invisible que estaba.
-¿Todo bien? -le preguntó el doctor, inclinándose hacia él para captar mejor su débil luminosidad.
-Pues verá -le dijo Francisco -mi mujer aún no se ha dado cuenta. Y no sólo eso, sino que cada día que pasa, mi presencia le molesta menos. Y en el trabajo tres cuartos de lo mismo. Al principio fue duro, pero ahora noto que estoy menos estresado.
Un año más tarde, Francisco se había vuelto completamente invisible. Junto a su cuerpo desaparecieron también los problemas que atenazan al resto de seres humanos: las guerras, los virus, las malas noticias sobre el cambio climático, el hambre… Nada de eso consiguió alterarlo en lo más mínimo durante el resto de su vida.