¡Que ojo tengo!
Maria Jose Oyarbide Aramburu | Arano

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¿500 palabras? Intuía que, con el amigo de mi amiga, me bastarían dos palabras para narrar nuestra primera cita:

Im-presionante.

Yo, que soy muy puntual, llegué 10 minutos antes y me dejé envolver por la relajante música mientras disfrutaba de una copa de Chardonnay. Él, llegó impecable y con una sonrisa inmejorable.

¡Hola Esther!

¡Hola Fernando!



Cuando iba a darme dos besos, yo le tendí la mano. La risa nos rescató de aquel torpe inicio.



El maitre, se acercó a nuestra mesa con la carta y dos copas de vino.

Yo, que no bebo, ¡llevaba dos copas antes de la cena!!



Ensalada de langostinos para mí y fijé mi atención en los postres, sin escuchar las apetencias de Fernando.



A la tercera copita (cuando bebo más de dos, las enumero en diminutivo), comencé a llamarle Fer. Parecía sentirse cómodo con esta pequeña muestra de complicidad.



Las mariposas de mi estómago se multiplicaban por momentos. Estaba resultando una cita divertida, y además ¡Aquello prometía!



La ensalada para la señora.

Miré al camarero y asentí con la cabeza, porque yo, soy muy educada.

Para el caballero, los caracoles.



“CARA ¿QUE?”, pensé… Fernando sonreía, pero no al camarero, ¡Que va!, se colocó una servilleta en la pechera, se remangó y me guiñó un ojo.



¡Al ataque!- dijo.

Al ataque – repetí yo por lo bajini, sintiendo la primera gota de sudor y pensando que en cualquier momento el ataque me daba a mí.



Atrapó uno de los moluscos gasterópodos por su concha espiral, insertó el palillo y hurgó. Al primer “ssslurp”, eché de menos la música heavy.

“Ssslurp”, otra vez. Calculé, soy de ciencias, que la ración tendría 30 individuos. A cinco individuos por minuto… un total de seis minutos. Si superaba esos seis minutos, la cita podría progresar.



Cada diez caracoles, me miraba y sonreía.

Ssslurp, 17¸ssslurp 16.

Las mariposas salieron volando de mi estómago y reprimidas arcadas ocuparon su lugar.



Ya falta poco Esther. 10, 9, 8… Levanto la mirada entre esperanzada y aliviada, en el momento en el que se chupa un dedo pringoso. Fer o Fernando me vuelve a sonreír. Ya no sé cómo mirarle.



Para resistirlo, tengo que recurrir a mi gran secreto: tengo estrabismo, no soy perfecta. Un estrabismo moderado, corregido con ejercicios de la musculatura ocular, pero que cuando me interesa, me permite dirigir cada ojo a un lugar diferente. En esta ocasión, uno a la ensalada y el otro al horizonte.



Quedaban poquísimos caracoles, poquísimos “ssslurps”, pero me sorprendió un silencio total. Levanté el ojo del plato y lo fijé en Fer, dejando olvidado el ojo que apuntaba al horizonte.



¡Pero Esther! ¿Estás bien?- soltó el caracol que tenía en la mano, este cayó al plato y salpicó de tomate nuestro incipiente vínculo.

¡Hasta aquí, Fernando!!!! Tal vez podríamos volver a intentarlo en un vegetariano o en un italiano- le dije mientras me ponía la chaqueta y pedía la cuenta.

Porque podré ser lerda… Pero soy muy elegante.