1525. ¡QUÉ SUERTE TENGO!
Francisco Javier Yuste Córdoba | DLon

¡Otra vez va a llegar tarde! No sabe como pero a pesar de los dos despertadores que tronan con cinco minutos de diferencia y no poco estruendo, siempre le toca ir con el tiempo justo. Las mismas rutinas de siempre, al igual que el acostumbrado golpe a la pata de la cama con su sufrido dedo gordo del pie mientras intenta atinar con las zapatillas.
Mira su aplicación del móvil para ver donde puede repostar hoy lo menos caro posible pero tendrá que ser después. “¡Qué suerte tengo!”, se dice al adivinar justo a tiempo que hoy era un día más de protestas y se dispone a ir por el atajo que descubrió el otro día mientras intentaba desesperado no llegar tarde de nuevo. ¡A ver lo que dura antes de que sea bloqueado también!
Tiempo de descanso reglamentario y otra más en toda la frente; nueva subida del desayuno. Si toca reducir las ingestas de esas enormes palmeras de chocolate o aquellos molletes rebosantes de cachuela, aunque el paladar se entristezca alguna ganancia caerá no solo a su bolsillo sino a su salud.
Montones de trabajo que se reproducen por si mismo. Es fascinante ver como por cada pila de expedientes tramitada se crean dos nuevas cual avatar contemporáneo de la Hidra de Lerna. Pasa el tiempo y hora de salir acompañada de chaparrón torrencial. ¡Como no, justo el día que no se trae el paraguas! Al menos esta semana no tendrá que llevar el coche al lavadero.
Saborea el café, más caro que ayer pero menos que mañana y en justa y exacta proporción inversa en lo que concierne a sus caudales, al tiempo que se felicita de nuevo por adivinar aquel avieso charco oculto bajo el reborde de la acera. Las maldiciones del de la mesa de al lado cuando pasa un coche le dan la razón.
Consulta de nuevo el precio del repostaje y se fascina al averiguar que, en las pocas horas que han pasado desde el principio de la mañana, ha vuelto a subir. Al menos, está a punto de llegar el mejor momento del día.
—¡Papi, papi! —oye mientras nota un abrazo de improviso y su pareja, recién llegada y con mirada curiosa, le dice:
—¡Pero qué sonriente estás hoy¡
—Es que —los mira intensamente antes de continuar— me he dado cuenta de… ¡que suerte tengo!
“Y como mi creador gane el premio ya tengo saldada parte de la hipoteca de este mes”, apostilló para sí.