576. ¿QUÉ TENDRÁ EL MEDITERRANEO?
Beatriz Márquez | Beatriz Márquez

Aún no había abierto la puerta de la casa de la playa, pero ya se oía el oleaje chocando con las rocas del acantilado y la brisa, que junto a ella arrastraba el olor a sal hacía mí.
Empecé a bajar las escaleras que estaban pegadas al acantilado que tenía en frente. Treinta y siete escalones de piedra, sé el número exacto porque bajé contándolos en voz alta mientras daba saltos corriendo para no quemarme los pies.
Al llegar a la explanada en la que podía tirarme y después subir por las escaleras que daban al mar, me di cuenta de que no llevaba el sujetador puesto, claro que teniendo en cuenta que acababa de despertarme no debería haberme extrañado. No había mucha gente en la playa, y la que había estaba lejos, así que me quité la camiseta y me tiré de cabeza en el agua cristalina.
Me coloqué poca arriba, flotando en el agua salada del mar. De repente desperté de mi “meditación mañanera en el mar” por qué alguien me había salpicado tirándose y levanté la cabeza nadando con la ayuda de los pies para no hundirme y lograr ver, a la vez que ponía mi mano derecha encima de mis ojos para no deslumbrarme con el reflejo del sol en el mar.
– Buenos días, veo que has tenido la misma idea que yo. – Una voz de un hombre por detrás de mi hizo que me girara rápido.
No logré verle la cara por que llevaba una máscara de buceo, pero a través de ella pude descifrar unos ojos marrones con una mirada intensa que hacía que quisiera quitarle la máscara y poder descifrar su rostro. Le sobresalían los hombros del agua y se notaba que hacía deporte. Tenía la piel bronceada y brillante. El pelo, mojado y hacía atrás, castaño oscuro y lo bastante largo como para poder enredar mis manos en él.
– Buenos días, sí. –Dije. Su mirada no pudo evitar clavarse en mis dos pechos.
Los ojos se me pusieron como platos y mi cara quedó más roja que la mi prima de Madrid cuando va en verano a Cadaqués.
Deprisa puse mis manos sobre mis tetas tapándolas y empecé a nadar hacía la escalera de la explanada de piedra solo usando los pies… La imagen no era lo más sexy del mundo.
Oí como se reía de mi mientras yo subía las escaleras con una sola mano para no dejar descubierto mi pecho. Me puse la camiseta y me giré hacía él…
– ¿Vas a reírte más de mí? Tío guarro… – Le respondí enfadada.
– Dejaré de reírme cuando me dejes enseñarte a nadar. O a vestirte … – Lo miré con cara de confusión mientras el señalaba mi camiseta. Me la había puesto al revés… Siguió riéndose…
– Tranquila, también puedo ayudarte a desvestirte si lo prefieres… – Me guiñó el ojo, esta vez sin reírse y empezó a nadar.
Subí las escaleras de piedra que llevaban hasta mi casa y empecé a reírme de mi misma…