513. ¡QUE VIENE EL CEO!
Nieves Navarro Romero | Nievesata

Era su primer trabajo después de una larga etapa como desempleado. Se había acicalado con sus vaqueros nuevos, su camisa blanca y su chaqueta azul. «Nunca está de más», pensaba echándose el último vistazo en el espejo del ascensor.

Salió del portal animoso: «Ahí vamos, Damián. Un pequeño paso para el hombre y…» ¡Mierda! Nunca mejor dicho, la que acababa de aplastar con el izquierdo de sus Manolos al pisar la acera.

«Pero ¡qué animal es capaz de soltar ésto, por Dios!. Y seguro que se ha quedado tan pancho», decía mientras intentaba no desequilibrarse saltando a un pie buscando el auxilio de un poco de hierba («pero ¡dónde está aquí el medio ambiente cuando se necesita!»), de un pañuelo de papel («¡ni un vendedor fortuito; con la de veces que me paran en ese semáforo!»). Pues… «¡Hala!, La mascarilla va a caer».

Superada esta gran prueba y repuesto el ánimo por fin llegó a la oficina. «¡Tranquilo, Damián, que esto está chupao!». Cinco grupos de fotocopias para el despacho 7. «Sin prisas. Tengo todo el tiempo del mundo. Es fácil: quitar las grapas, airear los folios, poner en este hueco y darle al botón. ¡Puedo hacerlo!»

Concentrado en la máquina parecía contar cada página saliente. «¡Esto marcha, Damián!» Pero la impresora no se lo iba a poner fácil. Se atascó en la quinta hoja del tercer grupo. «¡Venga ya, con lo bien que iba!» Se apresuraba al desatasco mirando de reojo a los compañeros que también esperaban para hacer sus copias.
«Sin prisas hombre, que aun no ha venido el CEO».

Y con cierta premura y nerviosismo sonreía sin querer mirar a nadie. ”¿Quién diablos será el feo? Lo que me hace falta a mí ahora es un feo, con la mañanita que llevo», pensaba intentando desatascar las páginas atoradas. «Y el folio que no se suelta de este rodillo, será posible»…

Inmerso en la lucha con la impresora escuchaba de fondo las conversaciones de los compañeros, cuando oyó una voz que enmudeció a todas «¡Que viene el CEO!»

«¡Hostia ya con el puto feo de los cojones!», Gritó en voz alta, camisa y manos llenas de tonner negro cuando escuchó un ensordecedor silencio a su alrededor. Levantó la vista y allí estaba. Mirándolo fijamente. Incrédulo. «¡Pues… no es usted tan feo!» Balbuceaba mientras tragaba saliva y reconocía al jefe que lo había contratado.

«¡Qué feo ni feo, Damián. Ceo, ceo!»