411. QUEEN
ALIRIO ALBERTO HERNÁNDEZ ROJAS | GALILEO ISAAC

Ella me miró… Yo la miré. Ambos penetramos la mirada hasta los sesos del otro. No podía determinar cuál era la motivación de ella, pero ella sí sabía a perfección lo que yo perseguía. Antes, variadas veces, le había dicho lo mucho que siempre me apeteció su cuerpo, sus muslos, su alma, y las frituras en el desayuno. Por su parte, ella nunca esbozó una sonrisa que me sirviera de meta mensaje, para iniciar una hermosa relación entre vecinos inmediatos. Su marido… mi amigo. Mi mujer… su amiga… íntima, además. Me apena esta confesión, no es fácil para mí revelar mi intención, mi fantasía, mi casi obsesión. Me avergüenza reconocer, que soy como la inmensa mayoría de los varones: pensamientos pecaminosos, lujuria, lascivia, desapego a la fidelidad, y al honor hogareño. Es el sentido de la oportunidad, visto desde el prisma de la morbosidad permanente, en la mente de los hombres. La mayoría somos así, solo que muy pocos revelamos nuestro pensamiento íntimo, como lo hago yo en este momento. Algunos nos la arreglamos para parecer inocentes y respetuosos, para aparentar que la sensualidad no nos arropa ante la presencia de mujeres amigas, generalmente casadas con amigos, o simplemente vecinos. La señora que hace el aseo a mi casa dos veces por semana, también es casada. Pero, siendo que su esposo no es mi amigo, sin remordimiento le he estado insinuando que nos “escapemos”, alguna tarde de estas en que el sol ilumine con desgano los techos desteñidos de los moteles, en la zona roja de la ciudad. No puedo hablar de doble moral, pues eso pudiera significar tener moral dos veces. Se trata de media moral (o moral a medias); es decir, no ser moralmente completo, ni satisfactoriamente comprometido con valores y principios de rectitud. Es fingir una personalidad sin sustento en nuestra intimidad mental, y en nuestro proceder subrepticio, amparados a veces en el poder del dinero, a veces en los libidinosos pensamientos que embargan tanto a unos como a otras.
Todo esto hube de tirarlo por la borda, a raíz de la torpeza de mi esposa. Estas
lucubraciones, pensares y decires de por medio, pasaron a ser desperdicios del paso implacable del tiempo, desde que descubrí la vil traición de Fabiana a la majestad de nuestro hermoso lecho. Metió la pata (dando al traste con el concepto que tuve de ella), cuando el mequetrefe de mi vecino la convenció de tener una tarde de romance. Lo peor, es que no pueden negarlo, pues nadie me lo contó, yo mismo los encontré el día del escándalo, en una habitación del motel ese, con espejo sobre la cómoda cama Queen de tope acojinado, forrado en pana azul y terciopelo rojo, con piso de granito pulido y puerta batiente de romanilla en la sala de baño…