789. ¿QUIÉN ME MANDARÍA ESTIRAR DEL HILITO?
Patricia Núñez Sanchis | Andrea Nusán

Llevo una hora encerrada en un cuarto de baño del aeropuerto Madrid-Barajas, y no pienso salir de aquí nunca.
Mi novio, Yousef, con el que llevo dos años de relación, me espera con una botella de champán y un anillo de compromiso en la habitación de un impresionante hotel de cinco estrellas de Tel Aviv. Sin embargo, el avión despegará sin mí y yo me moriré de vergüenza o inanición, lo que antes suceda, dentro de estas cuatro asquerosas paredes.
Y, ¿por qué?, te preguntarás.
Todo empezó por un hilo que se escapó de mi, recién estrenada, falda de crochet mientras iba en el taxi camino al aeropuerto.
¿Cómo era posible? Era un diseño precioso y exclusivo, en tonos rosas y negros, que me hacía un culo perfecto. Me la había comprado en una de las mejores tiendas de la ciudad y ¡me había costado una pasta!
Empecé a sudar y a mirar al taxista con recelo pensando en que se daría cuenta de aquel hilo negro que sobresalía de entre mis piernas como un gusano. «No te preocupes, Laura, estira de él y ya está», pensé.
Lo enredé entre mis dedos y tiré con fuerza. Pero aquel malnacido, en lugar de detenerse, siguió su curso por la orilla de mi falda.
—¡Joder!
—Se encuentra bien, ¿señorita?
Abrí los ojos como platos y, rígida, asentí con la cabeza. El hombre hizo una mueca y volvió a lo suyo.
«Vale, no lo he hecho bien. Hay que estirar más fuerte», me convencí. Y eso hice, una y otra y otra vez. Pero aquel enano borde seguía rodando por entre mis piernas y, en su recorrido, me obligaba a dar pequeños saltos en el asiento.
Me tapé la boca para no volver a chillar y maldije en arameo para mis adentros. La falda se había convertido en minifalda y mi mano en un pequeño montón de hilos rosas y negros.
Bueno, aquello no era tan malo —pensé, a punto del colapso—. Cuando llegáramos al aeropuerto, buscaría el cortaúñas, que tan astutamente había guardado dentro de la maleta y no en mi bolso, cortaría el maldito hilito y rezaría para que aquello no fuera a más antes de llegar a Tel Aviv.
Cuando llegamos, pagué al sorprendido taxista, cogí el manojo de hilos y mi maleta y salí corriendo en busca de un cuarto de baño. Estaba tan nerviosa que no me di cuenta de que olvidaba mi bolso en el asiento del taxi. Y con él, la llave de mi equipaje, mi documentación, mi dinero y mi teléfono móvil.
Enfadada por mi terrible despiste, di una patada a la puerta del lavabo y trastabillé. Fui a parar dentro de la taza del váter que, como habrás supuesto a estas alturas, no estaba tapado.
Y aquí estoy, empapada, sin dinero y con mi falda a punto de desaparecer por el desagüe, mientras una mujer amenaza con llamar a la policía si no salgo ya.
—¡¿Quién me mandaría estirar del hilito?!