1544. QUIMERA
Gloria Jerónimo Zárate | Gloria JZ

Podría argumentar que, si el tiempo es efímero, el espacio es meramente ilusorio.

En una mañana de verano, de esas que son fáciles de olvidar, Olivia se encontraba como de costumbre bajo el techado del patio de su casa de campo. El mecer de su silla le transmitía un sentimiento hogareño que le invitaba a reflexionar: ¿Es posible que el tiempo, que en ocasiones parece resultar perpetuo, se delate como un destello fugaz que apenas podemos vislumbrar? ¿O quizá lleva años colapsada en un presente que continuamente divaga entre el ayer y el hoy?

Le costaba un esfuerzo horrible aclarar sus ideas. Se incorporó, dispuesta a servirse un café. Estas noches sin dormir parecían estar pasándole factura. Tener una hija es lo mejor que le podía haber pasado, pero nada viene sin sacrificios. Cuanto mayor es la recompensa, mayor la deuda. Además, los primeros días de vida de una cría siempre son los más difíciles.

Llega a la encimera y observa una pila de tazas desordenadas, todas ellas sucias de café. ¿Cuánto llevaba sin fregar? Se acerca a la encimera y observa con aire ausente un tarro vacío y donde se lee en grande: ‘CAFÉ’. Y piensa, ‘olvídalo, me daré una ducha’.

Lo bueno de las duchas en verano es que no tienes que lidiar con el frío mármol, con lo que una se puede permitir poner el agua a menor temperatura, que siempre ayuda a despejar las ideas. Ya en la ducha no puede evitar que le invada una desazón enorme. El peso del luto le acompaña como una sombra. Aun pensando haberse librado de él, siempre vuelve. Se mofa de ella, bloquea su mente. No sabe dónde lo escuchó, pero una frase se le repite sin cesar: ‘Ninguna madre debería pasar por el dolor de enterrar a un hijo’.

Sale de la ducha y escucha pasos en la cocina. No logra tener claro quién podría estar en casa. Se viste con su albornoz y se acerca curiosa. Pero…no recuerda porqué se duchaba, ¿acaso iba a algún lado? Una chica joven recogía el desorden de las tazas mientras se lamentaba: ‘te voy a tener que esconder el café’. De nuevo niebla en la mente, escucha el sonido de las palabras, pero no alcanza a entender nada. ‘Abuela’, le llama.

Decide volver a su mecedora, la que le transmite el sentimiento hogareño que invita a reflexionar: ¿Es posible que el tiempo, que en ocasiones parece resultar perpetuo, se delate como un destello fugaz que apenas podemos vislumbrar?

Entonces se dio cuenta.

Siempre era por la mañana. Siempre era verano.