QUINCE AÑOS
Tamara Rodrigo Maestud | Tamara

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Subo las escaleras de la boca del metro donde hemos quedado mientras miro a mi alrededor, pero no te veo. Miro el reloj «20:52», me he adelantado unos minutos, pero mejor, así puedo tranquilizarme un poco antes de que llegues. Madre mía, quién me viera, parezco una quinceañera en su primera cita. Aunque un poco así me siento, porque más o menos esa edad teníamos la ultima vez que nos vimos. Siento que vuelvo a ser esa niña de quince años, asustada ante su primer beso, con las piernas temblorosas y un cosquilleo dentro de la tripa mientras acercas tus labios a los míos.

Saco un espejito del bolso para comprobar que el maquillaje está bien y el reflejo me recuerda que quince años ya no tengo, más bien el doble. Tengo más arrugas bajo los ojos, pero infinitamente más seguridad y personalidad que aquella niña.

Fuiste mi primer amor, y después de esos besos aquella noche de verano, te fuiste del pueblo y no volvimos a vernos. Con los años nos encontramos por redes sociales, los dos con pareja, y solo intercambiamos algunos mensajes para preguntarnos que tal la vida. Pero, casualidades del destino, hace unos meses volvimos a hablar y los dos andábamos solteros. Un «¿Te apetece recordar viejos tiempos?» hizo el resto y aquí estoy, esperando que llegues.

Unos minutos después te veo subir las escaleras. Antes de que tú me veas a mí, se me escapa una sonrisa mientras te veo buscarme con la mirada entre la gente que hay fuera de la estación, hasta que me encuentras. Madre mía, tienes la misma sonrisa que hace tantos años. Menuda regresión en el tiempo. Dos besos y un pequeño abrazo, un «Estás igual», otro «Cuánto tiempo» y un «Me alegro mucho de volver a verte» rompen el hielo. Andamos juntos calle arriba, paseando bajo el fresco de una noche de abril en Madrid. Mientras nos ponemos al día de nuestra vida, yo me pongo nerviosa cada vez que nuestros hombros o brazos se rozaban al andar. Quiero aparentar esa seguridad que mis treinta años me otorgan, pero por dentro estoy como un flan y empiezo a darme vergüenza ajena «Haz el favor, que eres adulta, ni estáis en el pueblo, ni tienes aparato en los dientes, ni él lleva en el brazo un casco de moto colgando. Relájate y sé normal, por Dios» me recrimino. En mis pensamientos, claro, si digo esto en voz alta es posible que él salga huyendo calle abajo sin mirar atrás.

Por suerte consigo relajarme y terminamos de pasear hasta sentarnos en una terraza al lado de una estufa. Picamos algo y bromeamos «Ya no bebes Fanta de naranja» «Y tú dejaste el calimocho», y las horas pasan rápido.

Se acerca la despedida. Un «Me ha encantado verte», otro «Estás igual, pero mejor», y de tu boca un «¿Puedo despedirme con un beso?» hacen que las piernas me tiemblen como aquella noche de verano.