599. QUINCE CON SETENTA Y UNO
Jaume Escursell Olaya | James

–Son quince con setenta y uno –dice la cajera.
–¿Me ha hecho el descuento en la segunda unidad de las anchoas?
–No señor, se le acumula en su cuenta. ¿Tiene usted tarjeta de Mercadona?
–No, es la de mi esposa. Ella nunca se acuerda de dármela.
–¿Recuerda usted su DNI?
–No me acuerdo, pero tiene una A al final. “A” de avinagrada, y de Antonio, que soy yo.
–¿O su número de móvil?
–Tampoco me acuerdo. Busco “Paquita” en mi móvil y llama automáticamente.
–Pues entonces, son quince con setenta y uno. ¿Tarjeta o efectivo?
–Mejor efectivo, porque nunca acierto con el pin. Con la intención de memorizarlo mejor, nunca sé si puse mi fecha de nacimiento, los números de mi dirección o los de mi índice de colesterol.
–Si tiene tan mala memoria, debería apuntarse estas cosas.
La última vez que nos recomendaron esto a Paquita y a mí, fue en la consulta del geriatra: Apuntarnos los datos de uso habitual, automatizar nuestra rutina, comer pescado azul y aguacate y acudir a talleres de memoria, nos dijo. A mí me da mucha pereza todo esto, yo solo disfruto haciendo sopas de letras. Ella se inscribió en el Centro Cívico del barrio. Y en algunas cosas, no le ha ido mal del todo. Ha mejorado bastante con el taller. Incluso ha congeniado con un compañero de clase, un tal Afrodisio. Y se acuerda del nombre ¡mira que es difícil! Aunque ella le llama “Frosi”, para abreviar, dice. Del mío, yo creo que ya ni se acuerda. “Oye, a ver si me puedes pelar estas patatas”, “Oye, ya que vas al super…”, “Oye, a ver si de una puñetera vez aciertas a bajar la tapa del wáter”. Aquí, casi siempre, finaliza con un imperativo “¡Coño!” Yo, me he convertido simplemente en “Oye”. Para abreviar también, supongo. De acuerdo, es corto y sonoro, como los nombres de los perros: “Otto”, “Tor”, “Fox”, “Tim”, “Oye”…Siento que me he convertido en uno más de la especie. Ella a veces llama por teléfono a Frodi para confrontar nombres de animales que empiecen por “A”. O para cotejar series numéricas. Parece que se lo pasan bien con sus ejercicios compartidos. Es un curso muy útil y práctico, porque otra tarea, por lo visto, es sugerir nombres de cafeterías en las que se puede ir a tomar un té con pastas a media tarde. La puñetera sabe que a mí no me gusta el té. Nunca iría por allí. Quizá por estas pequeñas cosas prefiero no ir al taller, ni activar demasiado mi memoria más cercana.
–¡Son quince con setenta y uno, señor! –repite impaciente la cajera, mientras se va incrementando la cola.
–Lo siento, es que me he puesto a divagar mientras buscaba las monedas. Pues veo que tendrá que cobrarme de un billete de cincuenta si no le importa. Perdone señorita, por casualidad ¿a usted también le gusta hacer sopas de letras?