Ragnar de Úbeda
Miguel Ángel Acosta Camacho | Poetasinelle

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Carmelo observa ansioso a través del ventanal que tiene a su espalda, esperando encontrársela. Incapaz de reprimirse se muerde las uñas de la mano mientras el camarero le grita con su mirada impertinente: “¡Quién mierda te crees para estar media hora ahí sentado, solo y sin pedir ni un triste refresco! Un rata miserable, eso es lo que eres.”

“Tranquilo, tan sólo son y cuarto, habrá pillado un atasco” murmulla para sí y, simultáneamente, no se cree ni una sola palabra.

La había conocido en Tinder, ¿dónde si no iba a ligar un papanatas anquilosado en la nueva normalidad? Se habían dado “Match”, ¡primera sorpresa!, y ella había comenzado el sutil juego del coqueteo escribiéndole: “¿Eres vikingo? Eres clavadito a Ragnar”. Él, ratita de biblioteca y pobretón hasta para pagarse una suscrición a Netflix, no tenía ni repajolera idea de a qué se refería. Sin embargo la magia de internet le sacó de dudas. Primera palmadita en la espalda de su maltrecho ego.

Y así, con ese bombardeo de frases, comenzaron a conversar. Él, algo pedante, gustaba de soltar cursilerías y algún que otro poema, en general se iba por los cerros de Úbeda. Ella, valiente y directa, le preguntó a la bravas: “¿Entonces quieres quedar o no?”. Parecía preferir mirar la pintoresca ciudad de Cuenca.

Y ahora el lánguido Carmelo está en aquella cafetería, esperando, esperando, esperando y esperando. ¡Joder, no hace otra cosa que esperar! Siente sus brazos constreñidos por la incertidumbre, la boca seca y la mente muy despierta. No sé le escapa nada. Pero en tanta nada no está lo que sus ojos buscan. ¿Y si ella no viene? ¿Podría ser otro fracaso más en su amplio currículum de fiascos?

Acostumbrado, Carmelo vive en esa extraña paradoja; todos le alaban señalando que disfrutan al escucharle, especialmente de su forma tan poética y dulce de hablar. No obstante al mismo tiempo, revelando una siniestra realidad, procrastinan cada respuesta a sus mensajes y suelen hacer todo lo posible por mantenerle callado. ¿Acaso ella es otra más de esa conjura de embusteros?

Una chica entra en la cafetería y rompe su ensimismamiento. Carmelo la observa ilusionado. Sólo eso, una ilusión. La chica se sienta dos mesas más allá; apenas se ha percatado del rubio que está sentado al fondo mordiéndose las uñas.

Pasan los minutos que se convierten en horas, ya no quedan uñas. Carmelo, triste botarate, comienza a lamentar lo que ningún ser humano debería lamentar; lamenta ser él mismo.