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ana romero fernández | anafarrafawler

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Las piernas me tiemblan como el día en que recibí el email con la citación. Las manos me sudan más.

Pensaba que este capítulo ya estaba cerrado, que había conseguido pasar página y dejar todo lo vivido en un cajón imaginario de mi cabeza, que no de mi corazón.

Verle tan calmado y seguro de sí mismo me irrita. Si no sabes de qué va la historia, desde fuera podría entenderse que está esperando para entrar en cualquier citación médica, atento a su móvil, preocupado por si le llaman para una reunión mientras tenemos que estar aquí. Después de esto se irá en moto a la oficina, no me cabe ni la menor duda. Lejos de sufrir o vivir un leve ataque de melancolía o tristeza por el fin definitivo de nuestra historia, parece que hasta le molesta tener que dedicar unos minutos a nuestro divorcio.

No le importó callarse durante cinco años el hecho de no querer ser padre. No le molestó tanto mentirme a la cara cuando le pregunté si ya tenía deseo paternal o no y me respondió que sí con una gran sonrisa. Pero sí le viene mal no estar un lunes a primera hora en su despacho.

Tampoco le noté arrepentido cuando volví a nuestra casa a por el resto de mis cosas, ni escuché ni una disculpe cuando, con los ojos empapados en lágrimas y el maletero de mi coche lleno de recuerdos dolorosos, le pregunté por última vez si estaba seguro de lo que estábamos a punto de hacer. Pero llamarme para re confirmar la ratificación, eso sí lo hace feliz.

Nadie te prepara para un divorcio. El día de tu boda piensas que eso jamás te pasará a ti, que tienes la relación más sana y preciosa del mundo. Escuchas consejos con un tono muy cuñadil pidiéndote que te replantees lo que estás a punto de hacer, pero con todo el amor que tienes dentro, sientes que puedes abatir a cualquiera y que lo vuestro será la excepción.

Lo difícil llega en la terapia, cuando los demonios llevan su nombre y has de intentar entender o perdonar, dos tareas igual de difíciles unidas a la de respirar, que también te duele.

Te conviertes en oscuridad y tristeza, en pena y lástima, en dolor y muerte. Y de repente llega el momento de firmar. Un pellizco en el corazón te devuelve a la vida, para recordarte que tienes que continuar con la que era tu vida. Te encuentras de frente a él, un papel en la mesa, el bolígrafo en la mano y tus ganas de huir en el ambiente.

Él vuelve a mirar su teléfono y se limpia un par de gotas de sudor de la frente. ¿Y si ahora sí que se arrepiente? ¿Y si me rendí demasiado rápido? – Luis -, digo su nombre en voz alta, pero temblorosa. Cojo el papel en el que debemos firmar ambos y lo rompo en pequeños pedazos.

Yo no quiero aprender a divorciarme.