RAYOS DE SOL
Maite Palacios Pérez | Mandrágora

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El sol se reflejaba en la mesa de cristal que estaba situada en el comedor. Por fin, había dejado de llover, y los rayos entraban por la ventana como si me quisieran rescatar para salir al mundo, cómo si me quisieran devolver a la vida.

Hacía exactamente dos meses que había perdido a Iván, mi pareja. Un accidente de coche con trágico final había desatado mi peor pesadilla.

Esas dos semanas me había sumergido en un túnel que me llevaba de la cama al sofá, como si de un vegetal me tratara. El tiempo no acompañaba, era cómo si el cielo llorara conmigo y me estuviera guiando en este duelo imprevisto. Pero hoy, algo había cambiado. Ver esos rayos reflejados me estaban diciendo que la vida continuaba y que yo seguía viva. Me duché, llamé a mi mejor amiga, la que me había estado apoyando desde el primer día, y le sugerí salir a caminar por la playa, cómo tantas veces me había animado.

Hacía un día espléndido, pese a estar en pleno invierno, el sol calentaba como si fuera verano. Era la primera vez que escuchaba las olas del mar y la primera vez que salía al mundo sin Iván. Sabía y era consciente, que me quedaban por delante muchas primeras veces, la primera navidad, el primer cumpleaños…Pero hoy, la sensación de sol en la cara, y esa brisa fría y agradable, me devolvían la esperanza. Esa esperanza que necesitaba para continuar una vida, que ya nunca más iba a ser la misma, pero que tal vez, me estaba enseñando que el dolor formaba parte de ella. Me quedaba un largo camino por recorrer, emociones por transitar y dolor al que mirar de frente, pero la magia de los rayos de sol me había ofrecido la fuerza necesaria para seguir mirando para adelante. Por primera vez, después de todo, volví a sentir el empuje de empezar a sanar un corazón, que había quedado congelado en el tiempo.