1222. REAL LOVE
CARLOS PÉREZ MORENO | Carlitos Güei

Después de intercambiar unos mensajes en una web de citas, quedé con Paula para tomar algo en la terraza interior de un bar de Barcelona. Yo llegué primero. Al rato, llegó ella. Elegante en el andar, de cuerpo esbelto, con una sugerente túnica a modo de vestido, me recordó a una diosa griega. Pensé que debía ser modelo. Y no me equivoqué: modelo de pasarela.
Nos pedimos unos vinos y la cosa fluyó desde el principio. Todo era perfecto. Hasta que, repentinamente, un extraño tufo irrumpió en la cita. Comprobé con disimulo que la mesa no estuviera sobre alguna alcantarilla de la terraza. Pero no era así. Seguimos conversando hasta que el fétido olor atizó mi nariz una segunda. Miré hacia la pared para comprobar si había algún bajante de agua estanca, pero no. Me giré hacia el lavabo y la puerta estaba cerrada. Llegué incluso a pensar que la tapa de tortilla de patatas que nos habían servido estaba en mal estado, pero la probé y tenía buen gusto. ¿Todo bien? preguntó ella. Sí, contesté yo.
La siguiente cita fue en su casa y hubo sexo. Estábamos tumbados en la cama, arropados hasta el cuello, enroscados en un abrazo cálido, cuando de repente hizo acto de presencia el desagradable olor, esta vez de manera tan intensa que se me saltaron las lágrimas. Ella dio mil explicaciones: que si el sumidero del cuarto de baño estaba atascado, que si su perrita andaba mal del estómago… Pero al final me reconoció que fue un pedo suyo. A ése le siguieron diez más. Me confesó, sonrojada, que tenía problemas de esfínter, que no lo controlaba. Que en su trabajo de modelo, había estado sometida a tanta tensión, que había forzado el cierre del músculo en cuestión. Y que desde entonces, el esfínter funcionaba de manera autónoma. Se me cayó el alma a los pies. La idea de feminidad que se había forjado en mí desde la adolescencia quedó hecha añicos. Y de esa manera, pasó de ser mi “diosa griega” a ser mi “mofeta catalana”.
No os negaré que, durante algún tiempo, me avergoncé de su disfunción. Pero el amor todo lo puede. Así que me acostumbré pronto al olor de sus flatulencias y lo acepté. Igual que a mí me huelen los pies, Paula es ella y sus pedos. Lo único que puedo decir es que ahora me encantan. No podría vivir sin ellos. Porque en el fondo son una muestra de amor y confianza hacia mi persona. Los tengo incluso clasificados: los que huelen a cloaca (que son a primera hora de la mañana), los que huelen a container orgánico en verano (éstos, los días que comemos verdura) y los que huelen a huevo podrido (que son mis favoritos, porque se manifiestan sólo en los momentos más íntimos, como cuando hacemos el amor). Aunque… a decir verdad… a mí todos me huelen a rosa.