REALLY?
Gonzalo Sánchez de Lamadrid | Gonyu

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¿Sabes el típico adolescente de 15 años, gordito, bajito, peinado con la raya al medio y gay? Ese era yo: un auténtico pardillo.

A la buena de mi madre se le ocurrió mandarme a estudiar al extranjero.



–¿De verdad? ¡Pero mamá!



–Cariño, así allí no te enteras cuando te insulten.



Y claro que no me iba a enterar. Diez años llevaba estudiando inglés y diez años que llevaba sin aprenderme los tiempos verbales.



Llegó septiembre de 2015 y aterricé, muy tarde, en Dublín. Allí me recogía la que iba a ser mi responsable por si me pasaba algo en el internado. Se llamaba Aoibhe O’Connor.



–¿Cómo me ha dicho que se llama? La llamaré Eva.



Ella me llevaría al colegio, podría deshacer mi maleta y empezar mi nueva vida, pero no iba a ser tan fácil. Llegamos a la puerta del internado: cerrado.



–¿De verdad?¿No me estaban esperando?



Eva me miró y se dio cuenta que esa noche me tocaba dormir en su casa.



A la mañana siguiente yo estaba de los nervios. Bajé a desayunar pensando que habría sobaos, cruasanes y galletas príncipe. Que desilusión cuando encuentro una jarra de leche y avena con pasas. No me puse quisquilloso, me valía cualquier cosa, la noche antes no había cenado porque no sabía cómo pedirlo.

Cogí la jarra de leche, el asa se rompió y todo el comedor enmoquetado de la pobre Eva se llenó de leche fresca.

Mi madre tenía razón, no entendía nada de lo que me estaba llamando esa señora.



Nos plantamos en la puerta del colegio. Iba hecho un pincel: pantalón gris, camisa blanca, americana, zapato negro y la raya al lado. Estaba listo para triunfar, pero había algo que no me cuadraba. Todos los alumnos vestían con vaqueros y una sudadera azul marino.

La agencia que coordinaba desde España se equivocó al darme el uniforme. Me acababan de mandar al matadero.



Primera clase: matemáticas.



–¿De verdad? ¿No puede ser arte?



Nada podía ir a peor, o eso pensaba yo. Llegué al aula y no había pupitre para mi. La profesora señaló a la puerta del otro lado del pasillo dónde había un cartelito colgado que no tardaría en entender.



Lección 1: Integrales indefinidas.



–¿De verdad? ¿Matemáticas avanzadas?. Si no me sé ni la tabla del 9.



Llevaba cuarenta minutos de desconexión mental, intentando olvidarme del ridículo que estaba haciendo vestido como el trabajador de una funeraria, cuando siento cómo el dedo del profesor me apuntaba. Sentí como si se apagaran las luces, un cañón me iluminase y cientos de ojos brillantes me observaran desde la oscuridad como cientos de buitres esperando a la carroña.



Sudor, temblores, visión borrosa, falta de aire. Fundido a negro.



Lo siguiente que recuerdo es despertarme en la enfermería del colegio.



– ¿De verdad me he desmayado? – pregunté con señas.



– “Yes” – dijo la enfermera.



Y eso fue lo primero que entendí en 24 horas.



Esta historia no está basada en ningún hecho real. O puede que sí. No lo recuerdo.