133. REBAJAS
Francisco Javier Guerra del Río | Giacomo Negroponte

Al señor Peláez la clientela del centro comercial le recuerda a una bandada de estorninos en movimiento sincronizado, hasta que se trastoca el primigenio orden y se torna la caterva vehemente y caótica en la pugna por sopesar y tantear prendas rebajadas, llegándose, en el rebusco, a los insultos e incluso a las manos.
La señora de Peláez ya no está en el stand en donde su marido la había dejado poco antes. El señor Peláez la busca bajo la pila de ropa, pero no está allí. De repente, empujado por el gentío, acaba en una escalera mecánica. Aquella densidad humana lo ha llevado en volandas tras haberse anunciado por megafonía una nueva ganga en la planta segunda.
El señor Peláez no tiene paciencia para estas cosas y decide esperar a su mujer fuera, en la puerta, por la que tarde o temprano tendrá que pasar y como no es capaz de dar con la salida se dirige a una empleada.
—Disculpe, señorita, ¿Podría indicarme la salida, por favor?
— ¡Cómo no, caballero! Vaya todo recto hasta el final y después tome el pasillo de la derecha.
Como el itinerario indicado, inexplicablemente le acaba llevando al punto de partida, el señor Peláez se acerca a un guardia de seguridad y le pide que lo acompañe a la salida.
—Lo siento, señor. No me está permitido abandonar mi puesto. Pero no tiene pérdida: vaya todo recto hasta el final y en la bifurcación gire a la derecha.
El señor Peláez lo intenta de nuevo. Recorre el pasillo abrumado por el exceso de cartelería con ofertas terminadas en noventa y nueve. Camina cohibido bajo las sensuales miradas de hermosas modelos cuché que lo miran desde sus glamurosos displays. Sortea codazos, evita pisotones, elude empujones, dribla guantazos… Por fin llega al final del corredor y gira a la derecha, pero una vez más regresa al sitio de partida.
Deduce que tal vez se referían a la derecha conforme se entra en el establecimiento, en cuyo caso el camino a seguir sería el de la izquierda y por tal vía decide aventurarse.
Cae en la cuenta de que esa zona de la tienda está menos frecuentada, lo que supone un verdadero alivio. El señor Peláez se encuentra ahora en un almacén donde se amontonan decenas de maniquíes mutilados. En el almacén hay muchas puertas, todas numeradas. Supone que se encuentra en el muelle de carga. Empuja la barra quitamiedos de una de las puertas y entra, pero no es el muelle de carga, como esperaba, sino una habitación pequeña, sin ventanas, con una silla y un catre como único mobiliario y un agujero en el suelo que hace las veces de retrete. Cuando trata de salir no puede abrir la puerta. El señor Peláez grita, pide socorro, pero ni siquiera los confinados en las habitaciones contiguas pueden oírle.
Al día siguiente introducen, a través de una gatera, comida y agua.
La señora de Peláez aún continúa de compras.