1463. RECETA SUICIDA
Margarita del Brezo | Primavera

Como mi vida era un asco desde que tenía uso de razón, probablemente antes también, y no tenía visos de mejorar, decidí ponerle fin un viernes por la tarde, en cuanto llegué agotado de del trabajo. Para ello, hice acopio de todos los medicamentos que encontré rebuscando en los cajones, en el armario del baño y en mi botiquín de las emergencias. Conseguí reunir una buena cantidad de antigripales, ansiolíticos, calmantes, antiinflamatorios, antipiréticos, pastillas para la tos, varios antibióticos caducados, algún antidepresivo que olvidó llevarse mi mujer antes de abandonarme y un bote de colirio usado que, según las instrucciones, debería haber tirado hacía más de dos años. Después de darle muchas vueltas, opté por incluir también la pomada para las hemorroides y desechar el linimento porque venía en un bote en spray. Pensé que seguramente la presión me daría gases y ya sabemos lo molestos, dolorosos y puñeteros que pueden llegar a ser los gases.
Lo coloqué todo bien ordenado sobre la mesa, fui a buscar la botella de ginebra que guardaba para las grandes ocasiones, que estaba aún sin abrir, y me acomodé frente al televisor. Echaban en ese momento la película de ET. Me acuerdo bien porque, mientras él llamaba por teléfono a su casa, yo comencé a engullir todos y cada uno de los medicamentos ayudándome de la ginebra para tragarlos. Lo hice despacio, con mucha calma, disfrutando del sabor del momento y de todos sus excipientes. Después de eso solo recuerdo que desperté casi veintisiete horas más tarde, algo aturdido, eso sí, pero sin la más mínima molestia, picazón, tirón muscular o achaque. Hasta veía mejor. Me sentía descansado y lleno de una energía interior que me producía unas intensas e inconsolables ganas de llorar. Y para colmo, ya era lunes otra vez.
Diez años después aquí sigo, fuerte como un roble. Ni siquiera un triste resfriado he pillado. Y por no tener, no tengo ni hemorroides. Todos los médicos que visito me aseguran que no hay nada por lo que deba preocuparme, que mi sistema inmunológico es a prueba de bombas, que tengo una salud de acero inoxidable. Cada vez que los oigo repetirme una vez tras otra frases tan manidas y vulgares como esas, siento tanta rabia que me entran unas ganas tremendas de morirme, pero ni por esas. ¡Qué asco de vida!