1484. REFLEXIONES EFÍMERAS
Pablo Díaz Canales | P.Q.Tulio

Mientras sujetaba la enésima corbata junto a una incombinable camisa que el cliente se había empeñado en elegir, Víctor hizo una mueca ante la imagen que le devolvía el espejo: piel cetrina, pómulos demasiado angulosos, pelo batiéndose en retirada, nariz avícola… La parte que menos soportaba de su trabajo era el estar rodeado de espejos, el no poder escapar de la triste visión de su figura.
Sacó del último cajón una desgastada sonrisa que ofrecer al comprador, al parecer satisfecho con la masacre a la estética expuesta frente a él, y le recordó por dónde se iba a su casa mejor que Google Maps.

El escaso alivio de la soledad acabó pronto, ya que por la puerta del reservado en el que atendía asomó el siguiente castigo: un hermoso espécimen de esos cuya belleza apenas se tolera desde la distancia de seguridad de un cartel o de una pantalla. De esos que afortunadamente no sueles encontrarte en persona… hasta que te los encuentras.
El recién llegado le miró fijamente y pareció deslizarse con suavidad hacia donde estaba Víctor. Sin perderle de vista, le dedicó una sonrisa que exhibió unos perfectos dientes incisivos. No, claro que no: el pobre vendedor no tenía una dentadura ni parecida. La suya parecía una colección de piedrecitas recogidas de una playa fea por un niño más bien tonto.

Pero, por si fuera poco el agravio comparativo, el guapito de cara le hizo la siguiente petición conteniendo apenas una risilla: quería que fuera el vendedor quien se probara la ropa que él eligiera. Que fuera él quien se colocara frente al espejo. Él le observaría desde detrás del mismo. Le dijo que no sólo era mejor ver desde fuera cómo quedaba el conjunto que había elegido, sino que la información que más le interesaba era la reacción que iba a leer sin filtrar de la cara de su improvisado maniquí. Nadie había conseguido ocultar nada bajo su mirada, aseguró.
Perfecto. Ahora no sólo tenía que verse reflejado detrás de alguien, medio oculto, sino que su cuerpo-escombro ocuparía el centro del escenario, en primer plano…

Mientras se cambiaba en el vestidor, sintió una extraña sensación de desnudez (doblemente extraña si tenía en cuenta que estaba desnudo). Aquel tipo le atraía, aunque intentara resistirse.
Por un momento imaginó cómo sería provocar eso en otros…

Cuando salió, al principio trató de no mirarse mucho en el espejo. Pero era difícil escapar de la mirada del otro, y esa mirada poco a poco fue cambiando su percepción, y comenzó a verse de otra manera. Aquel traje parecía elegido para él. Se quedó tan sorprendido por la novedad que no vio cómo Guapito abandonaba su escondite tras el espejo para atacarle por la espalda.
No supo que iba a ser mordido hasta que la sangre comenzó a brotarle del cuello. Ya no le importó verse sólo en el espejo. Empezaba a gustarle lo que veía.
Y, poco a poco, fue desapareciendo su reflejo…