Regalos de primeras citas
Irene Martínez Martín | Sandra Rivera

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Con 4 años llegué a casa un día y la sonrisa no me cabía en la cara. Me había reglado un dibujo. Al día siguiente, en el recreo, le di mi cromo preferido, el que más me había costado conseguir. Pero mereció la pena, porque ahora toda la clase sabía que éramos novios. Así de fácil era una primera cita. No entendía por qué mamá se quejaba tanto.



Con 9 años me sentaba a su lado en clase, y descubrí que nos gustaban los mismos cómics. El fin de semana, cuando celebró su cumpleaños, le regalé mi copia de mi cómic favorito y me dio un beso. Volví a casa pensando que había sido la mejor primera cita de mi vida.



Con 17 años hice el ridículo delante de la chica más guapa del instituto en una fiesta. Le pedí que bailara conmigo, pero al parecer su novio se me había adelantado. Volví a casa pensando que no valía para nada. Esa noche le regalé mi orgullo a esa chica. No llego a haber primera cita.



Con 23 años quería impresionarla con mis planes a futuro, la carrera tan interesante que estaba estudiando y lo listo que pensaba que era. Recuerdo como me miraba, sin creérselo del todo, pero decidiendo hacerlo por esa noche. Porque teníamos la ciudad para los 2 solos, nos acabábamos de conocer y estaba dispuesto a casarme con ella y a regalarle mis sueños.



Con 35 años me creía un experto en el arte de las primeras citas, y regalaba miedo por mi futuro envuelto en orgullo y condescendencia. Las primeras citas iban y venían, y en ningún momento se me ocurrió pensar que no había dominado todavía su sutil arte.



Con 50 años el tema de la primera cita era delicado. Había mucho divorcio y mucho engaño suelto por ahí. Era una situación complicada, y regalaba reminiscencias de tiempos más libres y despreocupados. Regalaba recuerdos de una juventud que hacía tiempo que se me había escapado.



Con 80 años pensaba que ya nada me podía sorprender. Acabo de volver de dar un paseo con ella y estaba equivocado. Me sienta bien salir a andar, y el hablar con gente distinta hace que esté más despierto y lúcido, aunque siempre vuelvo agotado a casa. Le he dedicado toda la tarde y mis fuerzas, que ya no son muchas.



Y pienso ahora acordándome de aquel que era: “¡nunca he dejado de ser el niño del cromo!, regalando mi posesión más preciada y esperando una vida juntos a cambio”