1465. REGISTRO DE ACCIONES NOMINATIVAS
Roger Bartomeus Peñalver | Fernando Manuel

Entraba en la residencia con cara de derrota, durante el trayecto había permanecido taciturno y gris, ya al levantarme ese día el mal humor me había invadido anticipando lo que me esperaba. No quería ir a visitar a mi abuela. O lo que quedaba de ella. Mi hermana y yo, persuadidos más por la culpabilidad que por las insistentes imprecaciones de nuestros padres, accedíamos al semanal sacrificio de nuestros recuerdos felices y nuestro tiempo.

El olor a residencia, a pañales, puré y medicamentos, nos golpeaba la cara al abrir la puerta, como intentando ahuyentarnos de vuelta a nuestras vidas, avisándonos de los peligros de ese tétrico interior que no podríamos soportar.

Cuerpos usados por el tiempo, retorcidos sobre sillas de ruedas, atados con cinturones de seguridad que evitaban su huida, su progresión hacia la infantil desnudez. Extremidades enjutas y patosas jugaban con la ropa. Gritos y ruidos despersonificados retumbaban en las paredes y en la pantalla del televisor, siempre encendido; solo algún libro, alguna revista, alguna labor de lana amortiguaban la deshumanizada cháchara.

Con la mirada buscábamos a la abuela en los rincones habituales para encontrarla y salir al jardín, si ese día no llovía, pasear su silla con su cuerpo unos metros e instalarnos en algún lugar tranquilo donde poder no hablar con intimidad forzada. Esas no conversaciones eran demoledoras. Mi madre intentaba orquestar algo parecido a la convivencia que habíamos podido compartir los cinco durante años: ya no era posible, faltaba una de nosotras. La derrota de los esfuerzos de mi madre se instalaba en el jardín y todos nos sumíamos en nuestros maltrechos pensamientos. Esta escena se alargaba y los reflejos de huida se disparaban en nuestros cerebros culpables. Mi hermana y yo nos mirábamos. Mi abuela callaba, posaba su mirada ausente en detalles de un universo que ya no lograba comprender.

Y, sin embargo, cuando esa cara marchita esbozaba una sonrisa, mi abuela volvía a estar allí, con nosotros.