914. REÍR EN TIEMPOS DIFÍCILES
Virginia Medina Ruix | Virgo

No sabía ya si reír o llorar, porque de un tiempo hacia acá, el mundo se iba derrumbando a su alrededor, y cuando pensaba que ya no podía pasar nada peor, pues así era, sucedía. Y entonces creía a pies juntillas el dicho ese de que la vida es una mierda pinchada en un palo. Ahora debía quitar este de allí y utilizarlo como pértiga, para ir saliendo del atolladero, pero sin que le salpicase mucho, porque ya se sabe que estas manchas no salen fácilmente.
Recordaba Gertrudis que las vivencias escatológicas habían sido de lo más divertido que le iba pasando. Le vino a la mente aquel día que iba conduciendo y le dio un apretón, y llegó a casa hecha una piltrafa.
Pero podría haber sido peor, si el control de alcoholemia que se topó a medio camino le hubiese dado el alto. Habría sido arrestada por transporte de materias residuales. O como aquella noche en la que, hablando de gases contaminantes, hizo hueco en la discoteca con la coreografía improvisada que despuntaba por los bajos. Había sido mala elección elegir aquel bocadillo de blanco y negro, aderezado con alioli, toda una bomba de relojería. Sobre todo para los pobres bailongos que tuvieron que salir por patas, mientras ella era la reina de la pista.
Otra vez era ella la víctima, cuando un señor de edad avanzada, se explayó e iba lanzando torpedos ruidosos a troche y moche, con la alevosía de que iba circulando por una calle estrecha. Antes de doblar la esquina el susodicho se volvió hacia atrás por si había algún testigo de su particular serenata, y ella tuvo el tiempo justo para esconderse detrás de un coche, aguantándose la risa hasta que el hombre desapareció.
En fin, anécdotas de estas, tenía muchas, y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra, porque por ello pasamos todos, el rico, el pobre, hasta los reyes y los papas.
Todo lo que entra, por un sitio, debe salir por otro, a no ser que revientes. Precisamente por la boca, a parte de morir el pez, es por donde nos alimentamos, y Gertrudis no sabía lo afortunada que había sido hasta el momento, hasta que le tuvieron que quitar los dientes. Lo pasó realmente mal, incluidas las bromitas de familiares y amigos, en plenas fiestas navideñas e invitándole a turrón, del duro, los muy canallas. A lo que ella contestaba que la venganza es un plato caliente y que ya se enfriaría. Desde entonces decidió tomarse las cosas con humor y reírse hasta de Janeiro. Contaba con una aliada de primera, la mascarilla.
Salió a la calle y ocultando el secreto que escondía entre labio y labio, se sentía cual agente clandestina. Y empezó a tomarse el mundo por montera y hacer de la carcajada su bandera. Encontró más situaciones divertidas de las que se imaginaba y aprovechó la ocasión para ser feliz entre tanto drama, pues solamente quería comedias entretenidas en su vida.