242. REIRSE HASTA DE SU SOMBRA
Angel Jorge Trigueros | angelote

En todas las pandillas hay uno, en la mía no iba a ser menos. El típico graciosillo que de todo hace un chiste, peor si cabe que el anterior.
Decidimos gastarle una broma, y le convencimos de que era un cómico espectacular, por lo que se merecía estar en un escenario, compartiendo ese preciado don que la naturaleza le había dado.
Convencimos al propietario de un local al que solíamos acudir y allí preparamos nuestra encerrona.
Llegó el día del debut. El chavalote subió al escenario con más miedo que vergüenza y recibió un sonoro aplauso de todos los asistentes. Se vino arriba y comenzó a soltar una retahíla de chistes malos, enlazando unos con otros, sin dejar espacio para el más mínimo aplauso, hasta que, por fin, hizo una larga pausa, y ahí es cuando se percató del silencio sepulcral que inundaba la sala y observó atónito que más de treinta personas le observaban en silencio sin mover ni un musculo.
Entre el asombro y la desesperación se quedó callado, dudando entre salir corriendo o seguir con el espectáculo. En ese momento el silencio se rompió, pues los que habíamos preparado esta broma, no pudimos ocultar la risa.
Depositó en el suelo su refresco y pudimos escuchar el tintineo de los hielos contra el vaso que sostenía en su temblorosa mano. Se quedó sentado durante unos largos segundos de silencio, tras los cuales agarró de nuevo el micro y con voz serena comenzó a disculparse por su actitud, contó que de pequeño era tartamudo, gordo, con gafas de culo de vaso. Que fue rechazado en sus primeros años de colegio, nos explicó todo tipo de humillaciones a las que fue sometido, los apodos que le pusieron y las largas tardes de verano que pasó encerrado en su cuarto. Y continuó contándonos que todo aquello ya estaba superado, contó cómo fue capaz de superar sus traumas y gracias a sus chistes malos, hacerse popular en aquel barrio que hoy le quería y admiraba.
Estábamos a punto de terminar con esta absurda broma, decididos a salir y disculparnos por nuestra actitud, cuando, inesperadamente, todo el público, nuestros ganchos, se pusieron en pie y le dieron un larguísimo aplauso.
La actuación duró casi dos horas, con un público que no paraba de reír y aplaudir todas las anécdotas que nos contaba. Tanto y tanto hablaba, sin parar, que unas veces recordaba su tartamudez, pero otras veces se centraba en su cojera o su pelo pelirrojo. Pero siempre, haciendo un alegato a la alegría y las ganas de vivir, lanzando continuamente el mensaje de reírse de uno mismo antes de que lo hagan los demás. Enseñando a todos los presentes que la vida son dos días y son para disfrutarlos, no para pasarlos lamentándonos de nuestra desdicha.
Hoy día, es uno de los mejores cómicos de la ciudad y nunca, jamás, nos echó en cara que le gastáramos aquella broma.