RENACER
MIHAELA BEATRICE ROLEA | BEATRICE MONTERO

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Lo más esperable es que escriba sobre mi primera cita con alguna novia, o mi primera cita en el dentista, o mi primera cita importante, ya sabéis, de esas que te pones súper guapo y elegante, porque tienes que dar buena impresión.

Es lo más esperable porque es lo que se pide, porque es lo primero en lo que pensamos cuando nos dicen «primera cita».

Seguramente a los jueces de este concurso les gustaría que contase mi primera cita con la lubina salvaje de Lamucca. Hacer la pelota siempre suma puntos.

Voy a utilizar este espacio para hablar de una primera cita más importante que todo eso.

Mi primera cita conmigo mismo.

No fue hace tanto tiempo.

Llevaba más de tres semanas encadenado a la cama, con las persianas bajadas e intoxicado por el hedor de mi propio cuerpo.

Me gustaría poder contaros más sobre ello, pero es uno de esos recuerdos que tu mente prefiere emborronar, para auto-protegerte.

Fueron más de tres semanas, pero me atrevo a decir que a veces parecía una eternidad, y otras, solo minutos.

Las heridas en las manos ya no me dolían apenas.

Mamá llamó varias veces, nunca se lo cogí.



Pasaron un par de noches más desde que negocié conmigo mismo hasta que realmente conseguí poner un pie fuera de la cama.

Parece una cosa muy banal, algo que todos hacéis todos los días, la mayoría de veces con desgana, a nadie le gusta levantarse.

A mí tampoco me gustó levantarme y ver que esta vez tenía un solo pie que apoyar.

Que no tenía más remedio que empezar con el pie izquierdo.



Los médicos me hablaron del miembro fantasma, y sí, es horrible sentir que tienes algo que no tienes, algo que hace menos de un mes habías tenido.

Pero son peores los miles de fantasmas que te atormentan. Que te recuerdan que un segundo te ha cambiado todo. Que te machacan mentalmente y te repiten una y otra vez que, tal vez, si no hubieras cogido la moto ese día, todo sería como antes.



Me gustaría decir que mi proceso de curación fue un camino sin baches, un paso tras otro, pero comprended la ironía.



Nunca había sido un chico que le diera muchas vueltas a las cosas, nunca había necesitado un psicólogo, nunca pensé que había tantas cosas mal dentro de mí hasta que un profesional se sienta enfrente de ti y te las enumera una a una.



Fueron días de sesiones interminables en las que me balanceaban de un especialista a otro. De eso tampoco recuerdo tanto como me gustaría.



Mi primera cita conmigo mismo fue delante del espejo, con un doctor unos centímetros más atrás y con una prótesis por primera vez en mi pierna derecha.

– Has tenido mucha suerte David, estas cosas suelen tardar mucho más. Cuando te trajo la ambulancia nadie apostaba que sobrevivirías y mírate.



Entonces me miré a mis propios ojos y me vi a mi mismo por primera vez, después de 25 años, y entendí, que ese, realmente, era yo.