605. RENAULT 8
Javier Jimenez Ramos | BENDER

1 de agosto de 1977, 4 am. Esperamos a mis tíos en una gasolinera a las afueras de Madrid, para ir juntos a la playa. Fuera del coche, mi padre hace estiramientos como si fuese a correr una maratón.
Tengo seis años y mi hermana uno. La separación entre asientos está rellena con el saco y los hierros de la tienda, y por encima de estos y el resto del asiento hay tendida una manta. Mi hermana y yo vamos tumbados en esa cama de matrimonio infantil.
Mis tíos se retrasan, y casi nos hemos comido la mitad del surtido Cuétara, alimento imprescindible para la expedición.
Mi madre sintoniza una emisora donde nos cuenten si va a llover al llegar dentro de diez horas.
Ahora tocan los cuatro acelerones de rigor en punto muerto. Con cada uno, mi padre mide de oído en que tramo podríamos tener algún percance con el motor: primer acelerón, pasaremos de Ocaña, segundo acelerón, llegaremos a Albacete, tercer acelerón, ya estamos en Villena, y cuarto, este bien a fondo, antes de comer nos bañamos en el mar en Alicante.
En el salpicadero hay un portafotos dividido en dos, a izquierda un San Cristobal de latón, y a la derecha la misma foto que usaron el año pasado para el libro de escolarización. Sigo pensando que debían haberme peinado antes.
Detrás de mi cabeza está la palanca prohibida, el tirador de la puerta. Mi madre, que debe querer ser azafata, repasa conmigo como responsable del compartimento posterior que nunca, bajo ningún concepto, debo tocar esa palanca. Si tiro de ella, la cabina sufrirá una descompresión, la puerta nos absorberá a todos, y nuestros cuerpos quedarán para siempre diseminados por los llanos de La Mancha. Además, en vez de mascarillas de oxígeno, a mi cara hubiese llegado la enorme mano de mecánico de papá.
Ahora pienso que con la caja azul de hierro llena de herramientas que había en el maletero se puede ir tranquilo al París-Dakar. También hay un camping gas, mantas, colchones hinchables, un balón, que ha desinflado mi padre a mala hostia en el último momento, y comida como para un campo de refugiados, ah, y la maleta de ropa en la baca. Esperemos que no llueva, porque es de tela.
Camino de la gasolinera, mi padre ha probado los frenos dos veces, y mi hermana y yo hemos rodado hasta golpearnos con los asientos delanteros. Allí estaba la mano de mi madre. Hasta que vi en televisión años más tarde los anuncios de seguridad vial, pensé que esa mano era capaz de detenernos a los dos ante cualquier adversidad.
Mi tío aparece por sorpresa y nos grita para asustarnos a través de la ventanilla. Despierta a mi hermana que empieza a llorar. El olor a naftalina del saco de la tienda de campaña, comienza a mezclarse con el olor a mierda que está soltando mi hermana, y que por lo visto solo detecto yo. Otra galleta Cuétara y empieza la aventura.