1063. REPENTISTA DE LUXE
RAÚL CASTAÑÓN DEL RÍO | CONDE CORADO

Salva el Sonrisas siempre fue un caso especial. Mira que tengo años y he conocido gente, pero nunca he visto a nadie con la respuesta rápida, certera y justiciera del Sonrisas. Además de exhibir a la mínima la sonrisa más guasona de la ciudad, es que siempre daba en el clavo con sus ráfagas, el tío. Cómo no recordar cuando me lo encontré por primera vez. Un encuentro inolvidable, pese a no producirse en el sitio más indicado. Nos conocimos en las urgencias hospitalarias, una noche de invierno crudo. Yo trabajaba de vigilante y él esperaba noticias médicas sobre un familiar cercano. Para refrescar la espera en la sala, demasiado pequeña y calefactada, Salva quiso sacar bebida fría de la máquina expendedora. Pero la lata se obturó de mala manera en el mecanismo. El Sonrisas se puso a porfiar con la mano dentro, aunque solo consiguió empeorar las cosas. Porque acabó con la mano atrapada también, en una posición de lo más retorcida y dolorosa. Un contratiempo bastante ridículo para cualquiera que no fuera él. Me avisaron para ayudar y allí me lo encontré. Rodeado de gente, arrodillado y sonriente como si estuviera rindiendo pleitesía: <>, fueron las primeras palabras que le escuché a mi hoy amigo el Sonrisas.
Pero ya apuntaba maneras en la escuela, según me contó una vez un profesor suyo y vecino mío, jubilado ya tras una larga enseñanza de escuela primaria. Después de mucho repetir exámenes y curso, el maestro le aprobó por fin –y por quitarlo de en medio, todo hay que decirlo– el hueso atragantado, año tras año, que impedía la graduación escolar del Sonrisas. <>. <>, respondió el mocoso muy lejos de sentirse avergonzado por ver su expediente despachado con tanta pena como escasez de gloria.
También fue puramente él en su ceremonia de boda. Por lo civil, para mejor poder hacer el payaso a su manera única y entrañable para deleite de los testigos. De ello puede dar fe de primera mano el concejal al cargo del enlace. Cuando les declaró a los contrayentes que estaban allí para celebrar matrimonio, obtuvo de Salva una respuesta fuera de guion por entero. Y muy suya también.
–Me inclino ante su perspicacia, señor edil. Pero podía haberme avisado antes para no venir–, declamó haciendo una reverencia comediante contestada con aplausos y una salva de risas en aquella sala del Ayuntamiento, tan serio y aburrido de normal, por otra parte.
Y así siempre todo lo suyo. Genio y figura, Salva el Sonrisas. Que no nos falte nunca.