1557. REQUILIAS
Tristany Naharro i Oriol | Gatoníquel

Hace muchos años, la tienda del amargado y erudito señor G prometía futuro, aunque para eso tuvo que mudarse a otro país y así aprovechar las facilidades de una moneda devaluada. O esclavizarme a mí, legalmente claro.
En su pomposa inauguración, entre distinguidas gentes, un niño mugroso entró hasta el mostrador con un manojo de pulseras. El señor G frunció ceño y boca.
– Me compr…
– Largo. – espetó el señor.
– ¿No quiere una…
– He dicho fuera.
Al levantar la voz los clientes miraron curiosos. El señor ruborizado sonrío nervioso y bajó el tono.
– Éste no es lugar.
– ¿Por?
– Está en una respetable tienda de antigüedades.
– ¿De qué?
– An-ti-güe-da-des, reliquias.
– Aaaah… ¿Me compra una pulsera?
– No.
El niño examinó alrededor.
– ¿Vende cosas viejas?
– No, sí. Vete.
– Yo tengo cosas en casa que…
– He dicho…
– ¿Por qué es todo tan caro?
El niño dio un preciso y veloz latigazo al señor G, encajando una de las pulseras en la muñeca del anticuario.
– FUERA.
– Cosas bonitas, pero caaaaaaaaras.
El niño le dio otro azote, esta vez por placer.
– ¡Hasta aquí hemos llegado enano!
La gente se giró confundida.
– Solo intento entender – dijo la criatura
El señor lo miró colérico, sabiéndose perdedor.
– Atiende, los objetos hablan de nuestra historia.
– ¿Qué importa?
– Mucho, además hay personas a las que les recuerda momentos pasados de su vida.
– Qué tontería.
– A ver niño… piensa en tus padres. ¿Qué te recuerda a ellos?
– Mmm… Un cinturón.
– Otra cosa
– Vino… ¡Las pulseras!
Otro latigazo.
– ¡No! Piensa en tus abuelos.
– No…
– ¡O tus amigos! ¿Eh? Del colegio. ¿Qué objeto te los podría recordar en un tiempo?
– Mm mm – negó.
– ¿Qué?
– Ya no voy – dijo con tristeza.
El señor, desesperado, ya no sabía qué hacer o decir, además los clientes escuchaban perplejos.
– ¿Me compra una?
– Te he dicho que no. ¿Me escuchas?
– Pero señor, en unos años la podrá vender como requilia.
Varias personas rieron sin disimulo.
– Además le puede recordar a…
– Dame la azul.
La cara del niño se iluminó, solo un segundo. Dudó.
– ¡¿Qué pasa ahora?!
– No le quedaría bien.
– Pues la verde.
– Tampoco…
La cara del señor se enrojeció llena de venas. Pura furia.
– Dame la que tú quieras.
– Le quedarían bien estas juntas.
El niño eligió las cuatro más deshilachadas y rastreras. Dicho sea, los colores combinaban exquisitamente. El señor las pagó con acritud. El niño agarró el dinero, entregó las pulseras y se fue, fugaz.
– De nada… Asqueroso gusano.
Los clientes aun atendían y terminaron de escandalizarse, la tienda se vació en segundos.
En el barrio no tardó en hacerse famosa la historia y la poca educación del señor G, así que tuvo que cerrar sin una mísera venta.
Perdí el trabajo claro, pero qué barato precio para tan lindo recuerdo.